Villoro, Rockstar

 Abraham Chavelas.

 

México, Distrito Federal.  Jueves 4 de diciembre, Mediodía. 

Los comensales me observaban con sorpresa al escuchar mi carcajada desmedida mientras hundía el rostro en un pequeño libro de caratula verde, entre risa y risa almorzaba –sin darle mucha importancia a la insipidez–  una sopa de pasta poco más o menos fría en una descolorida fonda de la calle Palma, primer tiempo de un menú que definitivamente  el propietario está convencido que por 45 pesos  no merece poner cuidado al servicio; las tortillas hechas a mano lo compensan.

Mariachi, de Juan Villoro, la razón de mi carcajeo.

Por la mañana tomé el libro sin pensarlo. Aunque ya tenía un par de meses en mi  escritorio no tuve la oportunidad de leerlo cuando lo adquirí; antes de salir de casa –y por mero acto casi involuntario– metí Los Culpables a mi bolso.

Las distancias y las horas muertas en la ciudad dan el  tiempo suficiente para  hacer muchas cosas, perder el tiempo mientras pierdes tiempo, por ejemplo, o leer.  Ese jueves decidí leer, sin sospechar siquiera que mi día terminaría estrechando la mano del literato en cuestión; libro que devoré a la par de la milanesa acompañada de frijoles negros de sobrecito.

Diego Herrera. Fotografía: Rebeca Martell

7:39 P.M.

Aunque para ese entonces lo había olvidado por completo, al inicio de la semana escuché a Diego Herrera anunciar el evento en una entrevista radiofónica, Rebeca me lo recordó al comentar que –en el receso de nuestras clases– iría al Chopo a comprar boletos, mi entusiasmo duró tan sólo el segundo que le tomó decir:

– ¡A ver si alcanzo!

-Avísame- respondí sin esperar mucho. Por eso opté por conformarme con entrar al resto de las clases después de comer.

Pensando que ella estaba ya disfrutando de la experiencia cómico-mágico-musical, eché un vistazo al reloj y me resigné a lo que me esperaba: un largo viaje en metro del zócalo a Pantitlán en hora pico ¡Brincaba de emoción!. Ansiaba por estar bajo la axila de un Godínez proveniente de la estación Hidalgo con mi nariz apretada contra la mochila olorosa a humedad y sudor del albañil que abordaría en Pino Suarez, no sabría decidir entre cuál de las dos acurrucarme. A mitad de ese orgasmo onírico, la imagen se esfumó cuando observé el rostro de Rebeca al otro lado del salón mirándome con un gesto que gritaba a través de los ojos  “¡¿Qué haces ahí, pendejo?! me gané la lotería”. Leí sus labios –“¡Todavía hay boletos!”– salté casi tirando la silla y salí corriendo del aula. Después de 5 estaciones del metro y un par de cuadras llegamos rayando al Espectáculo de Rock y Literatura.

8:00 P.M.

Ya en el recinto, sentado en primera  fila. Cecilia Toussaint y acompañantes acomodados justo una butaca atrás, reconocí a lo lejos a un par de periodistas-rockers-vintage (porque hoy ya a todo lo que tiene más de 40 años de vida se le llama Vintage), “pinches fans” pensé, pero como no ser fan de Villoro, yo mismo me estaba  reconociendo como uno de ellos esa noche, pinche de mí; todos juntos en espera del inicio de lo que nos habían prometido como un show irrepetible: Mientras nos dure el veinte.

8.31 P.M.

Juan Villoro. Fotografía: Rebeca Martell

Alfonso André, Diego Herrera, Federico Fong y Javier Calderón iniciaron el Jam.

Villoro –como un Jim Morrison bien vestido– salió después de ellos para tomar el micrófono y así arrancar con el experimento. Palabras que rememoraban los rincones de la metrópoli, calles, colonias, su gente; la pluma que alguna vez rasgó y escribió La Fabulosa guitarra eléctrica dibujaba simbólicamente personajes sobre el tablado del no menos mítico Museo del Chopo.

“Una novela de José Agustín cambió mi vida (…) gracias maestro por todo, gracias por estar aquí…” y en medio de aplausos el acapulqueño se puso de pie para recibir la ovación y agradecer con una gran sonrisa el homenaje del autor sobre el escenario.

Bowie, Roxy Music, y el California Dancing Club fueron evocados, la Narvarte y Satélite, el punk,

 glam y una noche de arrabal. 43 números pronunciados al unísono para reclamar justicia “Vivos se los llevaron. Vivos los queremos” manifestó el front-man.

Un poema de Neruda, más cuentos cortos, más música, sonrisas y desgarre literario, las historias de Phonsy Asshole y Toño, Nabor y Alvarito, de las más disfrutables. Sin morder murciélagos, brazos saturados de tatuajes rockabilleros o aventarse a la masa, Villoro  y compañía brindaron un concierto potente.

Justo a la hora el espectáculo llegaba a su fin, eufóricos gritos de “¡Otra! ¡Otra!” no convencieron a la banda de regresar al escenario. No fue necesario, pues a los pocos minutos todos se mezclaron entre el público, Juan Villoro para abrazar al maestro de la contracultura, firmar autógrafos y acceder a la selfie con los groupies-rockers-vintage (y no tan vintage), incluyéndome; los músicos para firmar discos de Caifanes, boletos y otro papel arrugado.

Claro que nos quedamos con ganas de más, pero valió la pena volarme la última clase, no terminar mi día bajo  la axila del Godínez, e inclusive la milanesa con frijoles negros de sobrecito.

El veinte duró lo necesario.

José Agustín y Alfonso André. Fotografía: Rebeca Martell

Publicado originalmente en: http://www.txart.me/

One thought on “Villoro, Rockstar

  1. La gente le aplaudio todo al nuevo rockstar, la musica fue testigo de una experiencia escenica que impacto a la gente de Tepic quienes permanecieron por dos horas frente a los musicos y el escritor.

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