Tu corazón

Den Rosendo.

                      Desde que te vi sentí un infame deseo de poseerte. Jamás había creído en el amor a primera vista, pero contigo ocurrieron cosas distintas.

                Mi hambre de ti jamás pudo saciarse; con todo y que a diario disfrutaba de tu presencia. Y fue aquella insaciable hambre de ti, de poseerte completa y por siempre, lo que aumentó mis deseos al grado de llevarnos al desenlace de esta historia. Sé que debió dolerte demasiado, pero era el único medio para que estuvieras conmigo por siempre.

                Era una mañana como todas; tediosa y fría; el bullicio del patio en la facultad alteraba mis nervios y aumentaba mis ganas de abandonar el salón por segunda ocasión, pues acababa de regresar del puesto de Rosita, la vendedora de barbacoa más famosa de mi pequeña ciudad.

Aquella orden de la “barbacoa especial” que desayuné había saciado mi apetito matutino, dejando mi cuerpo sumergido en un pesado y denso letargo. Las ganas de dormir me tenían de mal humor y para acabarla de fregar, no había más remedio que continuar a la espera del nuevo maestro de álgebra.

                Kimberly, mi única amiga, insistía en comentar la lectura del día anterior en el taller literario al que asistíamos; trataba sobre un agujero durante la ocupación de los Nazis en Varsovia o algo así.

                Ella era tan rara como yo. La quería demasiado, pero en ese momento no me sentía con ánimos de escucharla, pues las horas pasaban lentas, como si el tiempo se esmerara en aumentar el aburrimiento y empeorar la ya tan tediosa situación.

                Una voz melodiosa me hizo voltear a la puerta:

―Jóvenes, buenos días… ¿Es éste el grupo seiscientos dos?

                Mis compañeros contestaron que sí, mientras me hipnotizaban tus torneadas piernas; aquella falda negra te sentaba tan bien, resaltaba tus caderas de una forma exuberante y sensual, y yo te miraba embobado mientras recorría una y otra vez los estampados de tus medias negras.

Llegaste al escritorio contoneándote y provocando mi excitación, soltaste tu rubia melena y abriste el portafolio mientras te presentabas.

―Soy Magali Cortés, su nueva profesora.

                Kim te miró con desagrado, dijo que, para su gusto, eras aburrida y sosa. Quizá estaba celosa de que hubieras captado toda mi atención.

                La clase transcurrió sin anomalías, mientras yo anotaba sin entender, sin pensar. Me tenías idiotizado y tenía que hallar la forma de acercarme a ti.

                Cuando sonó la campana anunciando la hora del refrigerio, te levantaste y mientras nos dabas las últimas indicaciones sobre la tarea, que por supuesto no pude atender, guardaste tus cosas para después abandonar el salón.

                Dejé que te adelantaras, te seguí despacio hasta llegar a la cafetería y cuando te sentaste llegué hasta tu mesa.

―Maestra…, perdone, ¿me puedo sentar?

―Por supuesto. ¿Cómo te llamas?

―Darío.

―No creo que hayas llegado hasta aquí sólo porque sí, así que dime: ¿qué necesitas?

                Para mi buena suerte tu disposición ayudaba demasiado. Yo te conté lo pésimo que era con álgebra y te pedí que me ayudaras. Tu respuesta fue afirmativa y desde aquella tarde se hizo costumbre permanecer en tu departamento de cinco a ocho con el pretexto de aprender.

                Nos hicimos amigos. Con el paso del tiempo me gané tu confianza y me hablaste sobre tu vida, tu decepción amorosa con aquel maestro de Filosofía con el que te casaste y tu depresión posterior al divorcio que casi te orilló al suicidio.

                En las clases, seguías siendo la profesora Cortés, pero en la privacidad de tu apartamento para mí eras simplemente Maggy.

                Recuerdo muy bien nuestra primera noche. Intentabas explicarme sobre ecuaciones lineales cuando nuestras bocas se encontraron por vez primera, no sé si por accidente o porque querías hacerlo, pero terminamos besándonos.

                Poco tiempo después navegaba sobre tu blanca piel, mientras arañabas mi espalda y tus gemidos me estremecían de placer y excitación.

                Nuestros encuentros sexuales ocurrieron a diario desde aquel día. Comenzaba besando con pasión desmedida tus labios hasta que terminaba eyaculando dentro de ti. No había reservas ni inhibiciones, solo plenitud y satisfacción; eras tan complaciente.

                Nada representaba problema. Yo era el “rarito” del grupo. Jamás tuve amigos además de Kim, pero ella estaba molesta conmigo desde que entraste a mi vida, así que mi tiempo te pertenecía. Tú disfrutabas de nuestros encuentros, cada gesto, cada gemido tuyo y cada caricia me lo decían, pero fui yo quien cometió el imperdonable error, pues de tanto mirarte y ser tú mi única compañía, ocurrió lo inevitable: me enamoré.

                Debiste notarlo, pues poco a poco se fueron enfriando nuestros encuentros hasta la tarde que me rechazaste.

―Te amo –dije con voz trémula.

―Darío, ya no podemos seguir frecuentándonos. Se trata de Esteban… me pide una nueva oportunidad y…

                Balbuceabas explicaciones incompletas mientras mi raciocinio se perdía en una ira incontenible que corría por mi torrente sanguíneo hasta golpear mi cerebro con la furia de una estampida de caballos salvajes. ¿Era posible que me rechazaras y me desecharas por aquel que te lastimó hacía ya tanto tiempo? Caminé como ido por el apartamento hasta llegar a la cocina, mientras me seguías tratando de darme explicaciones.

                Lo tomé entonces del cajón de la alacena; la hoja del cuchillo tramontina voló de mi mano a tu pecho mientras tus ojos desorbitados me miraban en un rictus de dolor. Tu blusa blanca se tiñó de rojo mientras tratabas de defenderte.

Después de la primera cuchillada, continué abriendo poco a poco mientras te deshacías entre gritos y espasmos. Yo, apoyando tu cuerpo contra la pared, hundía con saña el cuchillo, y cortaba cada vez más profundo.

                No me explico aún cómo logré romper tus costillas hasta llegar a él, al corazón traicionero que no supo amarme, que latía sin merecerlo dentro de tu cavidad y lo arranqué de un tirón. Era mío, no podía permitir que se lo llevaran.

                Caminé al comedor con tu corazón entre mis manos, me senté y lo contemplé durante algunos minutos que me parecieron eternos. Se dice que ahí albergamos los sentimientos. En la escuela dibujábamos corazones en las paredes a fin de expresar nuestro sentir hacia los que amamos, pero distan mucho de parecerse a aquello que entonces yo poseía.

Para expresar el amor que sentía por ti, y como tenía entre mis manos el germen de tus sentimientos, decidí poseerlo para siempre, ser el único dueño y señor de tu corazón. Mordí          despacio, extasiado; su sabor era inigualablemente delicioso, mejor que todo cuanto he probado. Era como comer aquel esperado chocolate regalado por el amor de tu vida en el día de San Valentín.

                Mordí una vez más y continúe con una nueva mordida, y mientras degustaba escapando de mi realidad mastiqué e ingerí, hasta que llegaron por mí.

De no haber sido por tu vecino, yo creo que hubiera terminado comiéndote toda. En todo sentido fuiste una mujer deliciosa.

Recuerdo que tu apartamento se abrió con violencia cuando iba a cortar otro trozo de ti. Los flashes y los gritos terminaron por aturdirme mientras periodistas, peritos y chismosos se juntaban en torno a tu cuerpo profiriendo gritos de espanto.

                Cuando volvió a mí la plena conciencia, me encontraba esposado y tirado de cara al suelo aguantando los golpes e improperios que un frío policía me propinaba.

No creo que al imbécil profesorcito le haya gustado la idea de que estuvieras conmigo, pues vino a mi celda para maldecirme y escupirme en la cara. Pero ya no importa porque tú eres mía y lo serás por siempre. Desde aquel día me acompañas a cada momento. ¡Incluso podemos charlar en la soledad de mi celda! Tampoco me molesta esta camisa de fuerza, que me obliga a rodear mi cuerpo con mis propios brazos, pues al ser uno contigo desde aquella noche, es a ti a quien aprisiono en ellos.