Rocío Cerón. Sobre la belleza y lo terrible del mundo

Abraham Chavelas.

Entre el final de los 90 y la llegada del nuevo milenio muchos cambios se dieron drásticamente; la música –inherente a la transformación social– no quedó exenta de ello. En la pista de la discoteca, en los raves, en la playa, el bosque, en edificios abandonados; bailar al escuchar la radio, brincar, gritar, desbordar la euforia.

Nuevas propuestas invadían la web, revistas especializadas, y ondas hertzianas, desde el Nortec de Tijuana hasta las más osadas provenientes de la Patagonia, todo sonaba fresco, diferente. Renacimientos, redescubrimientos, reciclajes sonoros, modas desechadas a los pocos meses; conceptos, proyectos, y personajes que rápidamente se colocaban como parte de nuestra cotidianeidad (al menos de los que padecíamos voracidad musical): performance, dark wave, underground, estridencia, toltécnica, Fran Ilich, Ejival, Opción Sónica, Mutek, El Colmillo, Dada X, NopalBeat, Abolipop, Konfort, Mínimas/Máximas Texturas, y una larga lista de etcéteras que no deseo mencionar pues cada laguna mental sería imperdonable.

La música electrónica experimental estaba de regreso y con gran esplendor, Kraftwerk’s revenge.

Fue así como en el año 2003 llegó a mis manos el álbum Urbe Probeta, proyecto coordinado por Carla Faesler, Bishop, Cristian Cárdenas y Rocío Cerón, el cual permitía asomarnos al espacio donde el hilo negro enmarañado y los ecos de la poesía teatralizada de mediados de los 50 evocaban a la transgresión creativa en 14 tracks (algunos memorables, otros muy fáciles de olvidar). Beats manipulados por Flux & Vega, Manrico Montero, Plug, y más, acompañaban las composiciones literarias de Hernán Bravo, Luis Ignacio Helguera, entre otros.

El Motín era ambicioso.

Fotografía: Vanessa Martínez Rivero.

La melomanía me llevó a descubrir el trabajo de ese colectivo de poetas.

El apetito que aún impera en mí — no sólo por la música sino por el arte en general—logra que reencuentre a Rocío Cerón y su nueva obra: Nudo Vortex.

En la última década las tendencias han evolucionado, a la par las creaciones de Cerón que persiste en el ensayo y fusión de diversas expresiones y técnicas “Estoy regresando al punto de partida. Yo vengo de las artes visuales y después llegué a la literatura, pasé por hacer performances, poesía e instalación, entonces siento que estoy regresando al origen, a la acción, siempre vinculada con el texto pero regreso a ellas con toda esta capacidad desde el lenguaje al cual siempre he considerado como la materia prima de mi obra…” responde la autora al cuestionarle sobre su inclinación por lo multidisciplinario “Soy una escritora que se pregunta – y me parece increíble que otros autores no se lo pregunten— ¿cómo es que la palabra se encarna, se hace materia en el espacio tiempo? Por eso hago acciones poéticas” –  afirma la también ganadora del premio de la mejor traducción en el “Eighth annual Best Translated Book Awards” por su libro Diorama.

Oscuridad, intensidad y nostalgia, es a lo que nos remite Nudo Vortex, descarga eléctrica que sacude, desenfoca, remueve la memoria, despolariza el corazón pero no resucita a sus muertos.

La poesía de Rocío Cerón es una mixtura de sentimientos que explota y se transforma en melodía ¿Qué sería del verso sin el ritmo?

Nudo Vortex ecualiza y distorsiona, retumba las bocinas y satura la mente con imágenes oníricas en delay sincrónico. Anecdotario de una sobreviviente en pleno clímax.

http://rocioceron.com/

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