Requiescat in pace

wǒ ài nǐ

“Please, forgive me. I never meant to hurt you…”
– The Golden Path, The Chemical Brothers.

No necesitó de una pistola para la bala que disparó a quemarropa, bastó con las palabras emitidas por su boca exquisita: “Ya no tengo fuerzas ni ganas de seguir con esto.” y así murió…  corrección (y siendo ecuánimes), morí.

No tengo claro si el luto es por su ausencia o por mi soledad.

Cada ex pareja se convierte en un cadáver que enterrar, y con ellas los “te amo” que no se mencionaron, los chistes bobos, las malas películas, las canciones dedicadas, cenas, discusiones, los orgasmos y hasta los hábitos adquiridos. Cada pezón mordisqueado con impaciencia y brusquedad que ahora se transforma en carne pútrida cuyo recuerdo no sirve siquiera para masturbarme en las noches de insomnio que evocan su figura. Su hermosa voz, su maldita sonrisa, su puta voz, su sublime sonrisa, su imperante voz, su sonrisa fingida, su voz colgando el teléfono cuando he llamado para  mendigar cariño, rogar que no me abandone; su sonrisa más parecida a una mueca cuando el reencuentro ha sido inevitable.

Llegan luego los fantasmas, las apariciones a mitad de una reunión de trabajo de la cual quisiera salir huyendo para ir a tocar a la puerta del que fuera nuestro hogar.

Muerte. Ella, él, tú, yo, nosotros muertos, faltos a pesar de la omnipresencia.

Cadáveres sin tumbas que visitar.

Las personas que realmente importaron ya no estarán; las heridas son tan profundas que en las cicatrices el dolor retorna. No habrá más “buenos días” al despertar, un té que compartir, que más da quien lavará los trastos sucios esta vez si ni he tenido el ánimo de cocinar. Ya no hay mano que sujetar para explorar nuevos callejones, ya no hay quien lea los recados cursis pegados en el televisor.

¿El gato? ¿Quién cuidará del gato? Marchito sea.

Probablemente ese es el error crucial en las relaciones formales, jurar amor eterno a quienes sólo van de paso, quienes dejan huella no regresan al lugar del crimen, no se arriesgan a cometer tal torpeza.

Las personas que se quedan van y vienen (por ilógico que suene), sin lacerar, sin hacer votos, sin desgarrar el espíritu, siempre dispuestas a brindar un beso lascivo, una caricia misericordiosa, frases de aliento enredadas entre sábanas después de follar para aminorar la pena, “todo estará bien, ya llegará alguien mejor para ti”. No nos hemos percatado que los sin importancia están allí en un perpetuo funeral de cuerpo presente pues de ningún modo serán “el amor de tu vida” ¿Sufrieron lo mismo que sufro ahora? Han entendido que nada ni nadie nos pertenece, por eso no necesitan títulos ni una foto en el Facebook. Poseen una parte de mí sin saberlo, mis momentos más oscuros, esos que no muestro a nadie pues las pocas parejas importantes con las que lo he hecho me han quemado en la hoguera. ¿Qué sentirán realmente los que se quedan? Probablemente también fallecieron. Amantes zombis a la orilla del mar.

Cadáver yo, cadáver tú, ella, él, nuestros cadáveres. ¿Cuántos muertos hay debajo de tu cama?

Orinaré sangre en la lápida que llevará su epitafio, desmenuzare mis vísceras entre sus piernas, salpicaré de pus los divinos ojos color miel que desde hace meses anunciaban su partida, esos ojos que ya no brillan al mirarme.

Lo confieso: Yo ataqué primero. Acuchillé la confianza, estrangulé el respeto, mutilé la honestidad… Desde entonces nuestra habitación solía impregnarse de un pestilente olor a flores de panteón, esas de las cuales nunca he sabido el nombre; asfixié la ternura al no llevar las Casablanca que tanto adora, el aroma hubiera sido distinto. Cavé mi tumba en vísperas del día de muertos, preparamos juntos el altar ¿Y nuestras fotos? ¿Habrá pan y calabaza dulce para mí el próximo año?

Dicen que los difuntos jamás se van, simplemente dejamos de verles, escucharlos, abrazarlos; por eso nos convertimos en cadáveres después de cada ruptura, en vagos chispazos perdidos en la memoria, en figuras difíciles de visualizar con precisión, en planes no concluidos, en un siempre que nunca llegará.

Ninguna vez más le veré, escucharé, abrazaré.

Valgo entonces menos que un difunto; al menos por el del ataúd se brinda, por mí no existe una copa que levantar.

Desde el borde de la fosa común apenas aprecio su andar, lejos va, muy lejos ya; intento gritarle pero los sucios gusanos bloquean mi garganta. La neblina no me permite distinguir su refulgente alma, seguramente me equivoco y ese destello a la distancia es el celular notificando la llegada  de un nuevo mensaje de condolencias (o las muy merecidas felicitaciones).

El obituario no ocupó ni un cuarto de página perdido entre anuncios de vacantes de empleos mal pagados y renta de equipos de sonido en una revista de baja circulación.

Polvo soy y esparce mis cenizas en la papelera de reciclaje del computador. Ya no está, ya no estoy, no estaremos.

Se fue, es hora de que yo también parta aunque no tenga a donde ir.

He soltado el hilo de plata y me encuentro flotando en el vestíbulo del infierno, entre mezcal y lamentos. Intentando –sin lograrlo–  no llorar en mi propio funeral.

 

(Adiós).

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