Canto de las plegarias de un escriba (2° Parte)

Denisse Castaños.

Plegaria número dos:

Diálogos de dos amantes en tiempos de guerra. Cuando la esperanza no sabe decir adiós.

¿Quién es aquel que puede revelarse ante el fuego? ¿Quién es aquel que puede escapar de la ira de los tiempos? He sido escogida para ver los últimos días de los que aman y preservan el terror de los abismos. He sido escogida para testificar cuál fue el final de todos ellos. De los cuales nunca nadie tendrá memoria al finalizar el milenio.

Siete veces su perecer será la enmienda de los tardíos de corazón, los injustos que retrocedieron ante el pago de su escarnio. Los que vieron el principio de la maldad a la hora de la venganza. Aunque les plació morir, el dolor fue como su respirar. Libertad que cayó en manos de los que velan en la oscuridad. Oculto será el tormento, pues no será soportable para ningún ser vivo.

¿Puedes verlo? Porque la oscuridad ha venido y no quiere retroceder. Pero aun así sabemos que no hay imposibles, pues nada es para siempre, ni siquiera el tormento. Y tú que has venido de tan lejos piensas que no puedes descansar, pero yo estoy aquí. Piénsame como el deseo mismo es dado a aquellos que buscan un bien. Que ardan mis pasiones y mis anhelos sobre ti, ya que he decidido protegerte.

¿Acaso no tengo rostro sobre tu alma? Aun el más ferviente deseo tiene personalidad y nombre. ¿Cómo me has de llamar? ¿Me piensas a cada instante? ¿Me anhelas a cada paso que das, pensando en que el día está aún más cerca? Muchas preguntas turbulentas para una mente que es prisionera de la vida. Si vieras a través de mis ojos, te darías cuenta de lo que callo y lo que en verdad espero.

Mis deseos atados a tu tiempo, yo sé que lo sabes todo. Yo sé que lo tienes todo. A mí sólo me alienta el sentir de tu abrazo que me rodea noche a noche. Eres como un sueño, el más hermoso de todos ellos. El que aún no conozco, pero en mi corazón tengo. Aquel en quien confía mi amor y mi esperanza, pues aún dentro de la noche es posible ver la luz de las estrellas.

Si la gracia que sobre mi recae es para renacer en tu pequeña estrella, he de confesar que jamás fui más bendecida. Ahora ven y abrázame, pues he detenido el tiempo sólo para los dos. No hay quien pueda encontrarnos, pues estamos del otro lado de las costas de mar de diamantes. Mi libertad yace en tus adentros y tu voz reside en mi paladar, me has tomado de la mano derecha, pues quieres sostener mi palpitar.

Aunque escape del otro lado del mundo, donde está lejos el sufrimiento y el dolor. Nada podrá contener el vacío que en mi corazón dejará tu ausente ser. Prefiero vestirme de luto, que vestirme de olvido. Ya ni la muerte puede apartarme de ti, si la ley es que mi vida terrenal esté perdida, entonces lo está. Porque prefiero cantarte al dormir, que velar por tu recuerdo. Ya nada puede apartarme de ti.

Tu miedo es lo que has llamado prudencia y prevención. De una vez te digo, no me importa morir por amor. Ya que a lo único que temo es que este amor me mate al no ser correspondido. Y yo sé que debo esperar, pues tu camino aún no es resuelto a ligarse al mío. Sólo te pido que no vayas a él, pues el gran Rey al que sirves hace tiempo abrazó la demencia y la arrogancia. Tu vida no ha de ser desperdiciada por la avaricia de los hombres. Este es sólo el comienzo de lo que harás.

Aún recuerdo al joven que conocí aquel día de invierno, aquel que creyó que yo era el espíritu de la nieve e inmediatamente me pidió un deseo. Aquel de quien yo quise huir ese primer día, pues nadie nunca se atrevió a tomar mis manos de la forma en que é lo hizo. Aquel a quien mis ojos no han dejado de buscar día y noche. ¿Cómo podría descansar si sé que estás afuera, buscando un mejor futuro?

De pronto siento opresión en mi pecho, pues no escucho su respirar. No me llega su amor ni sus pensamientos. Me niego a pensar lo que el miedo quiere contagiar en mí ser, así que decido dormir. Viajar en los sueños y encontrarme con el alma de aquel a quien protejo, ¡ahí está! Mi amado está mal herido y sin armas. Despierto y la angustia me envuelve, pues sé que vive, pero su salud decae a cada minuto.

Envío plegarias al cielo y me convierto en el río, me transformo en agua, para cuidar de él. Limpiar sus heridas y besar su boca. Me convierto en el río y lo llevo hasta la orilla donde sé que estará seguro. Tan sólo con el deseo de mi alma lo vuelvo a besar y dejo la mitad de mi gracia sobre él. Pido a las aves que velen por él y ayuden a que sea encontrado. La mitad de mi vida se ha ido con él. Por tal motivo la mitad de mis días me han abandonado.

Yo manejo los tiempos, yo veo pasado, presente y futuro. Y aun así limitada estoy en mi visión, pues el amor que le tengo es tan grande, que me vuelve ciega. No he podido ver en su futuro. Sólo sé que hay sombra, pero a la vez hay luz. He de dormir para que la ceguera no me mate. Ya me despertarán los rumores de la guerra o los dichos de mi propia muerte.

En un rincón de mis sueños te tengo abrazado y sé que aun eres mío, pues mis días menguados renacen en ti. Pero no puedo ver tu rostro, sólo sentir tus manos. 100 años pasan y yo me vuelvo nieve. Al final, una luz y después… Despierto.

Y de repente pasaron siglos pero no por tu cuerpo, pues tú siempre serás joven. Ha cesado el dolor y la angustia y yo me pregunto si aún tengo vida en tu memoria y si esperas como yo lo he hecho. Me vestí de blanco, pues es el color de la nieve y el color de nuestra promesa. Me rodea un resplandor como de perla y cristal y aquí vienes tú ante mí. Y tus ojos son como dos soles, llenos de vida. Y al verte, mi espíritu inmediatamente salta dentro de mí y quisiera correr a besarte. Más ahora espera y reposa. Me inclino ante el valiente guerrero que conquistó la tierra y más valientemente mi corazón.

Sin darme cuenta mis lágrimas caen, pero no son de dolor, sino de alegría. “Todo este tiempo te soñé venir a mí así, y jamás te vi tan bella, tan hermosa, tan cerca de mí, tan mía.”. Y pareciera que lo que me dice ya lo sabía y lo veía venir. Así somos las hadas, vemos un poco de lo que ha de venir, pero sin sacar conclusiones. Y el estar aquí, en el momento que vislumbré hace tantos siglos, me hace reír desde mis adentros y sonreír sin medida, pues este momento es tan mío, que ni aún las fuerzas amenazantes pudieron arrebatarlo de mí.

¿Quién conoce tanto de dolor como aquellos que han pasado por el tormento de la separación? Pero la voluntad del que ama es tan fuerte como para hacer menguar la maldad y hacer retornar el corazón de aquel que posee tu luz, tu corazón. Tu amor.