Mexicanos al grito de Guerra

América Nicte-Ha.

La tarde del 21 de junio de 2016 estaba intentando redactar las últimas líneas de un artículo que versa sobre los factores que llevaron a la configuración, emergencia –en Estados Unidos de Norte América y Canadá- de los movimientos sociales de las décadas 60s-70s, cuyos exitosos frutos comenzaron a palparse durante los 80s. Intenté de todo para poder concentrarme -sesiones de música, tapones para los oídos que te aíslan del ruido, un par de tazas de esos tés dizque relajantes, etc. –  Sin embargo nada dio resultado. Por tanto decidí hacer una pausa para dejar que mí pluma plasmara aquellos pensamientos que me estaban previniendo de llegar al punto final de mí artículo, mientras por mis auriculares sonaban los compases de “Dios nunca muere”, de la Banda Mixe de Oaxaca:

 

Sí, la matanza y represión del domingo 19 de Junio de 2016 en Nochixtlán, Oaxaca, fueron las causantes de mi bloqueo mental. Si bien la noticia me provocó frustración y rabia, nuestra imposibilidad para organizarnos, unirnos y solidarizarnos, me provocó impotencia e hizo que durante días, mi mente se volcara en una reflexión para encontrar una respuesta coherente al siguiente cuestionamiento: ¿Por qué a pesar del repudio y enojo social sigue sin pasar nada?

LOS CLAROSCUROS DE LAS LUCHAS SOCIALES Y LAS OPINIONES VARIOPINTAS.

Comencé a dibujar las diferencias y similitudes entre aquellos movimientos -60s-70s- que tuvieron resultados positivos, con los últimos movimientos que han emergido o estallado en México. La conclusión a la que llegué, fue que los primeros tuvieron éxito, debido a que lograron articular y establecer un solo camino/objetivo que era ser incluidos y obtener derechos sociales, políticos y económicos, a pesar de sus diferencias –fenotípicas, de género, de preferencia sexual, etc. Si bien las últimas luchas/movimientos sociales mexicanos tienen un matiz diferente a las de los 60s-70s en Estados Unidos y Canadá, el punto a resaltar, es que todas han tenido y tendrá sus claroscuros ya sea en las decisiones a tomar, en los motivos por los que se lucha, en los actores, etc. Es decir, no hay un lado blanco o un lado negro.

Veamos el contexto mexicano. El caso de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desató diversas opiniones y posiciones. Unos condenaron los hechos y expresaban su apoyo, otros se congratularon de que “por fin alguien le había dado su estate quieto a esos normalistas vándalos y guerrilleros,  algunos se mantuvieron al margen, y a otros simplemente nos les interesó. Lo mismo pasa con la lucha magisterial. Se han llevado a cabo infinidad de debates, algunos defienden la tan mediática y compleja reforma educativa así como la metodología de la evaluación a los docentes, otros la rechazan tajantemente, algunos abogan por el cambio en algunos artículos de la reforma y  metodología de evaluación, algunos han optado por mantenerse al margen y por supuesto, existen aquellos que son indiferentes a las problemáticas sociales del país.

Así pues, estos claroscuros dan paso a diversas y divididas opiniones y posiciones. En cada lucha existen acciones de protesta y resistencia que son dignas de apoyo, y existen también acciones que merecen desaprobación, repudio y condena. Lo óptimo sería –antes de adoptar una posición o emitir una opinión- tomar en cuenta los diversos actores, contextos y antecedentes del conflicto y lucha/movimiento social. Por otra parte, también se tiene que tener presente que la diversidad de dichas opiniones y posiciones se ve moldeada por el “back ground” de la persona. En resumen, lo que quiero transmitir, es que – a diferencia de los movimientos sociales de los 60s-70s-  en México no hemos aprendido a distinguir los claroscuros, a respetarlos y a tolerarlos, ni a distinguirnos a nosotros mismos, pues si bien somos una mayoría que está hastiada de la situación, somos diversos en pensamiento, intereses, inspiraciones o motivaciones. Hemos ignorado esas realidades, y  nos hemos ido por el camino más fácil; o estás a favor, o estás en contra.

Represión en Nochixtlán, Oaxaca. 19 de Junio de 2016. Imagen: www.librered.net

 

MEXICANOS AL GRITO DE GUERRA.

Si bien hemos llegado a un cierto grado de protesta y organización en los últimos cuatro años, aún no es suficiente. En otro artículo –Estamos atrapados, me siento atrapada… ¿y si nos liberamos?-, expresé que necesitábamos organización, unión, solidaridad y sobre todo, perder el miedo al cambio. Sigo creyéndolo necesario e indispensable, pero aún faltan piezas por embonar en nuestro rompecabezas.

Tras dos años recorriendo el camino del activismo social, me he dado cuenta que por más entusiasmo y buenas intenciones que tengamos, los mexicanos, casi siempre terminamos peleándonos, en conflicto, dividiéndonos, al grito de guerra entre nosotros mismos. He presenciado y vivido cuatro rupturas –una casi cada 6 meses- al intentar formar y organizar colectivos solidarios. Si bien estoy escribiendo estas líneas desde mi experiencia, debo también de mencionar que  sí existen casos distintos a lo que yo estoy relatando -como el de la red internacional de colectivos que formó a inicios de este 2016, cuyos integrantes han sabido sortear con éxito esos desencuentros-. Sin embargo, me atrevo a afirmar que estos comportamientos son una tendencia en el mexicano.

Entonces, mi diagnóstico es que además de la ya citada falta de organización, unión y solidaridad, otro de nuestros más grandes males, es no respetar y tolerar la opinión distinta, lo diferente. Estamos fallando en identificar, discernir y asimilar los claroscuros de las luchas sociales, las opiniones variopintas que generan y nuestra propia diversidad. La cosa marcha viento en popa, mientras todos piensen y opinen igual. Sin embargo, en el momento en que uno difiere, comienza el conflicto, los desencuentros, las críticas, y las fricciones. Comenzamos a enredarnos, el trabajo avanzado se va fracturando hasta romperse, hasta encontramos nuevamente en el mismo lugar – o incluso peor- en el que habíamos comenzado.

Evidentemente estamos hartos de la violencia, corrupción, desapariciones forzadas, narco gobierno, el sistema estructural del país –economía, salud, educación, etc.-. Sin embargo, creo que otra cuestión que tenemos pendiente, es cuestionar y establecer, ¿a dónde queremos ir y cómo vamos a ir?  Y una vez que eso pase, ¿qué va a seguir? Estamos pues, faltos de un proyecto nacional, confundidos, hastiados y tal vez sin rumbo. Sabemos que estamos hartos, pero no sabemos cómo eliminar el hartazgo y hacia dónde dirigirnos. Por ejemplo, están convocando a una marcha para que renuncie Enrique Peña Nieto. En el hipotético caso de que se lograra su renuncia, ¿qué va a pasar después?, ¿quién lo va a suplir?, ¿con su renuncia se arreglarán los males del país? Evidentemente al residente de los pinos le ha quedado muy grande el compromiso adquirido, pero su renuncia no es suficiente. Y –hasta dónde tengo conocimiento- aún no hay una propuesta o plan post renuncia. Según nuestra constitución, la figura que suple hasta que las cámaras designen a un nuevo presidente es el Secretario de Gobernación. Sí, nuestro Miguel Ángel Osorio Chong. Entonces, ¿queremos eso?, ¿realmente avanzaríamos?

Así pues, es urgente que nos cuestionemos, exijamos y miremos internamente, para establecer hacia dónde queremos ir y cómo vamos a llegar ahí, enderezar las formas de organización, establecer rutas de trabajo para lograr los objetivos que deseamos, ser tolerantes y respetar lo diferente para entablar el diálogo y el consenso comunitario. Tenemos que hermanarnos y ver con que podemos contribuir desde nuestras capacidades, posibilidades, debilidades y limitaciones. Es todo un reto y desafío, pero si no lo hacemos, sospecho que los mexicanos seguiremos estando al grito de guerra, entre y/o contra nosotros mismos.

Cierro citando a Maciek Wisniewski, quien en Los crímenes de guerra los inventamos nosotros, dice que; “Quisiéramos que fuera de otro modo, pero la verdad es que nosotros mismos somos nuestra principal amenaza, y nosotros mismos –de una forma y otra forma- somos los principales responsables de muchos de los desastres y atrocidades que presenciamos (…) De allí nuestro afán de que haya algunos ellos [Por ejemplo, Enrique Peña Nieto] , los exclusivos generadores y artífices del mal, los villanos a quienes se puede echar la culpa.”