Melancolía del dulce sabor de la sandía en el verano y el olor de la jamaica en el otoño

 América Nicte-Ha.

Cerré el 2014 en un poblado llamado Tecoanapa, situado en la Costa Chica del estado de Guerrero. Los días que pasé ahí me permitieron regresar el tiempo a los mejores años de mi infancia, y llegar a la conclusión de que siempre estaré agradecida con la vida por haberme dado tanta riqueza. No, no hablo de la riqueza material –que tan de moda y valorada está hoy en día-, si no de la espiritual, del amor,  de la solidaridad, de la familia, de la hermandad, de la humanidad, y de los lazos entrañables de amistad. Esos días de diciembre en Tecoanapa, me produjeron dicha y felicidad que se desbordaban de mi pecho, pero al mismo tiempo sentí dolor, coraje y frustración.

Dicha y felicidad por el pasado y el presente, pues aunque ya no es lo mismo, dicen por ahí que recordar es vivir. Cuando era niña, por allá de finales de los 80 y principios de los 90, Tecoanapa –al menos para mí- era un paraíso. Nos íbamos caminando a la huerta del abuelo, pasábamos por el río y nos bañábamos allí, llegábamos a nuestro destino para deleitarnos con agua de coco recién bajado de la palmera, comer elotes asados, también recién cortados, tomar agua de jamaica (de la última cosecha del otoño), extraer jugo de caña todos los eneros, montar los caballos, o simplemente correr por el campo. Otro de los pasatiempos era ir al río a jugar hasta el cansancio después del desayuno para regresar a la hora de la comida, o simplemente jugar -sin mirar el reloj- en la plaza o afuera de los enormes patios y corredores que tenían las casonas del pueblo en aquella época, ¿Quién no jugó a las escondidas, Doña Blanca, la cebolla, policías y ladrones o a pintar un avión en el piso y brincar sin pisar una de las rayas trazadas? Recuerdo también el olor a tierra mojada cuando llovía, y el canto de los pájaros que vivían en los árboles que estaban afuera de la casa de mis abuelos cuando comenzaba a anochecer.

Fotografía: guerrero.quadratin.com.mx

Me encantaba llevar el maíz al molino, para oler la masa recién molida – sí, la verdad también jugaba con ella haciendo figuritas pero creo que mi abuela nunca se enteró, o tal vez sí, pero nunca lo mencionó-, disfrutaba de ir al mercado muy temprano a comprar torrejas o conserva con atole caliente recién hecho para nosotros y gelatinas por encargo del abuelo, me gustaba salir y entrar de las casas del pueblo saltando por las grandes ventanas, aunque la puerta estuviera a un lado abierta de par en par, o decirle a lxs hermanxs de mis abuelxs -ósea mis tíos abuelos – “mamá” o “papá” seguido de su nombre (mamá Lupita), recuerdo el olor desprendido de la leña de los fogones cuando mi abuela cocinaba grandes platillos en ocasiones de festejos, y el dulce sabor de una jugosa sandia en el verano.

De todas estas cosas que hice de pequeña, creo que para estas generaciones ya sólo queda el recuerdo y alguna que otra cosita contada con los dedos. Entonces, siento también dolor, coraje y frustración, porque ese rio en el que tanto jugué y eché a andar mi imaginación para inventar islas desiertas -tipo la laguna azul-, restaurantes flotantes o barcos piratas,  ya casi no tiene niños que lo visiten por tres cosas; la primera es la contaminación, la segunda es porque sus pocos visitantes van a consumir alcohol o drogas -esto  se recrudeció con la llegada del grupo criminal los pelones por allá del 2008, que afortunadamente ya salió del pueblo gracias a la intervención de la policía comunitaria-, y la tercera es porque con la “modernización” han inaugurado balnearios con albercas, toboganes y demás flamantes atracciones.

Ya no huele a tierra mojada, ahora casi todas las calles están pavimentadas –hasta congestión vial hay– y se puede ver a un agente de tránsito tratando de poner orden en la avenida principal que atraviesa todo el pueblo, muchos carros no dejan caminar, correr y jugar en las calles como en mi época de niña, ya no escucho a los pájaros cantar al atardecer, porque talaron los árboles y dejaron solamente unos cuantos para que la plaza no se viera pelona, ya no es un pueblo tan vivo como antes, las calles – a pesar de que la tranquilidad y una estadía de relativa seguridad que regresó gracias a la policía comunitaria-, a las 8:30 de la noche se ven iluminadas pero desangeladas, ya no hay gente “dando la vuelta” en los alrededores del quiosco, comprando cena en puestecitos familiares, o simplemente echándose una buena platica en la pequeña plazoleta.

Ya no oigo a las nuevas generaciones decir “mamá” seguido del nombre propio a sus tíxs abuelxs, de hecho, creo que ya no hay tíxs abuelxs, ahora las familias son compactas, quedan pocas familias extensas, las casas ya no tienen grandes corredores con pilares en donde algunas veces colgaban hamacas, ni ventanales abiertos de par en par, creo que sólo queda un molino y aunque se siguen haciendo tortillas a mano, es más popular la tortilla de máquina, por aquello del ahorro de tiempo. Ya muy poco usan el cocinar con leña pues es más rápido y práctico usar estufa y horno.

Tecoanapa ya no es la misma – así como las personas evolucionamos y maduramos o nos estancamos y enfermamos emocionalmente-, la “modernidad” y la entrada del crimen organizado (que está como una plaga en todo nuestro país), le han quitado su  esencia, la vivacidad, la alegría.

Sin embargo, algo que aún persiste (y que espero nunca desaparezca) es el sentido de comunidad, de solidaridad, de unión, de un espíritu de lucha, de coraje y por ende de protesta social. En el ayuntamiento — que después de tres meses de haber sido tomado por el Movimiento Popular de Guerrero (MPG) para reclamar la aparición con vida de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa y entregado nuevamente al presidente municipal Manuel Quiñones Cortés el sábado 07 de febrero de 2015–, se encontraba un equipo de sonido que todo el día reproducía canciones de protesta, contaban la historia de las escuelas normales rurales, narraban los hechos del 26 de septiembre de 2014, incitando a  reflexionar sobre la situación social, política y económica del municipio, del estado, y del país, y sobre todo, invitaba al pueblo a la lucha social, a exigir justicia por todxs las victimas del sistema mexicano, y por los 43 normalistas entre los que se encuentran 8 muchachos del municipio de Tecoanapa.

Eso llenó mi corazón nuevamente de alegría, esperanza, energía, amor. Pues por más calles pavimentadas, introducción de internet, violencia y presencia de grupos narcotraficantes, venta de drogas dañinas para sus jóvenes, existencia de un exceso de automóviles que generan caos en un pueblo de 4,268 habitantes, construcciones modernas y contaminación, Tecoanapa siempre será Tecoanapa, cariñoso, amable, humano, solidario, combativo y resistente.

La promotora de paz y educadora Adela Delgado Pop dice “lo que llamamos identidad se mueve como la serpiente de la vida y se transforma como el caracol del desarrollo, puesto que, como me sucedió, poco a poco ciertos elementos subyacentes fueron convirtiéndose en nombres indispensables e insoslayables, de tal forma que, si no los digo, niego una dimensión de mí”. Así pues, a pesar de mis andares en otros continentes, en aquellas grandes y maravillosas ciudades europeas, asiáticas o norte americanas que me han dado aprendizaje, madurez, y me han guiado para encontrar algunos de mis nombres al circular entre varias identidades para no quedar encerrada en una u otra – andina cuando tomo mate por las mañanas y como alfajores a la hora del postre, asiática cuando sentada en el piso con las piernas cruzadas y descalza disfruto de un Bibimbap, acostumbrada a la cultura vial europea cuando enloquezco al no encontrar un cruce de peatones o que éstos no son respetados por los camioneros o conductores-, para mi Tecoanapa, siempre será Tecoanapa, el lugar que me dio la oportunidad de sentirme e identificarme como costeña cuando escucho el ritmo de una chilena y mis pies no pueden evitar zapatear con el sonido de la tambora, saberme descendiente de africanos y filipinos cuando me enorgullezco de mi color de piel, de mis ojos ligeramente rasgados, y comprendo, asimilo y conozco los usos y costumbres que practico.

Gabriel García Márquez dictó que uno no es de un lugar hasta que tiene a alguien enterrado, yo tengo a mis familiares ahí y junto con ellos, mis raíces, mi corazón, mis mejores años de la infancia y sobre todo, recuerdos llenos de añoranza y bien arraigados. Puedo pues, decir con orgullo – a pesar de esa moda clasista, racista y el preferir ser de ciudad que de pueblo, que existe en  México-, que aunque no nací en Tecoanapa, soy de Tecoanapa.

Valoremos en este mundo que está patas arriba -como dice Galeano-  inmerso en el consumismo, clasismo, racismo, intereses económicos que desatan guerras, hambrunas, desigualdades, pobreza, pérdida de valores como la dignidad, solidaridad y comunidad, los lugares que aún nos pueden dar la oportunidad de disfrutar la riqueza de cosas tan simples y sencillas -que nutren el alma y espíritu-, como el olor de la tierra mojada o el canto de los pájaros al atardecer.

One thought on “Melancolía del dulce sabor de la sandía en el verano y el olor de la jamaica en el otoño

  1. yo soy originario de acapulco guerrero,pero tengo amigos y algun dia fui parte de esas familias de tecoanapa,yo disfrutaba ir a su municipio en aquellos anos finales de los 80 y principios de los 90 y era para mi fascinante convivir con sus gentes,disfrutar desde las toreadas hasta ir a la fabrica de aguardiente,y si como comentan se respiraba un anbiente muy en paz,por eso seguido iba yo para alla,me gustaba mas que ir a san marcos,o cruz grande por ejemplo,lastima que hoy en dia este tan canbiado tecoanapa,miro las fotos y lo desconosco completamente,espero algun dia regresar ,actualmente radico en california,pero si me gustaria ir,no he perdido contacto con esas familias que yo visitiba asi que no pierdo la ezperanza de volver a ese pueblo.

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