Masoquismo puro

 Cristel Medina.

I

Resultaba muy apacible estar ahí, sentado, sin nada más que hacer, dejando que el viento tocara su rostro y sus manos frías, mientras veía de manera fragmentada como el pequeño árbol de enfrente se mecía suavemente, infundiéndole cierta tranquilidad, de esa que hace que los pensamientos se aquieten por un instante.

Dejar que el sol empapara sus huesos frágiles, inundándolo de un calor reconfortante, que le traía por un momento recuerdos de un ayer no muy lejano, pero que cada vez se desdibujaba más y se borraba de a poco, como esas nubes que atravesaban el cielo y que se percibían pequeñas desde el interior de ese acueducto subterráneo frío y olvidado que se había convertido en su hogar.

Los días se sucedían unos tras otros, con una lentitud que parecía pretender la reflexión, como si tuvieran el propósito de recrear una película permanente de lo que había sido antes, de cómo fue que llego a estar ahí sentado sintiendo el alma congelada y los ojos apagados, si tener siquiera la posibilidad de llorar, porque, aunque pareciera absurdo, había llorado tanto, que había quedado completamente seco, cansado y con frío; un frío que muy seguido se transformaba en un miedo de muerte.

Se había resignado a desaparecer de este mundo, volviéndose apenas una sombra humana que vagaba de un lado hacia otro buscando inútilmente acallar su voz dentro de su mente, que cada vez parecía hablarle más duro y fuerte, hasta volverse un dolor insoportable, convirtiéndose en una angustia intangible que en algunos momentos de lucidez amenazaba con volverlo loco, como esos locos que se pierden de sí mismos sólo para no recordar más, para que el dolor que traen tatuados en el alma desaparezca en un mundo cubierto de telarañas y parásitos inconcebibles.

II

Hacía apenas unos años (cinco para ser exactos) que se levantaba todos los días a las 6:00 a.m., abordaba su auto, manejaba presuroso un largo camino bordeado de pinos y todo tipo de flores silvestres, hasta llegar a la oficina donde se desempeñaba como consejero académico; cumplía con un horario de nueve horas que nunca se le hacían pesadas, ya que disfrutaba de lo que hacía. Terminando su jornada siempre pasaba por algo de comer, algún postre, fruta o flores, con la única intención de no llegar nunca a casa con las manos vacías. Las tardes transcurrían con calma, entre libros, un vaso de tinto, algún cigarro para apaciguarse y música que invariablemente le ponía de buen humor.

En ese momento, los resquicios de su mente luchaban por mantener los recuerdos a  raya, buscaba alejar todas las emociones que lo atravesaban como si fuesen dardos envenenados que lo remitían al instante mismo donde lo perdió todo, donde el hilo se tensó al punto de reventarlo todo, dejándolo solo y vagando por las calles que en su interior cada vez se volvían más estrechas y lúgubres; por lo cual, apretaba con fuerza inaudita lo único que lo conectaba con su otra vida, con su vida pasada y lejana, tal como se veía ahora, envuelta en sopores amarillentos que lo hacían estremecerse como la primera vez. Ese libro “La Ciudad de la Alegría” de Dominique Lapierre, era lo que lo ataba a las tardes tranquilas y apacibles dentro de su recámara, donde se sentaba a leer con una taza de café sin azúcar y con la única angustia de sufrir por la miseria y la enfermedad que describía el libro y que tantas lágrimas le había provocado, como si al leerlo se conectara con su ser sensible y empático, aunque todas esas cosas sólo parecían muy lejanas de su realidad.

Su vida aunque no era perfecta, sin duda era una vida bastante fácil, donde se podía transitar sin demasiado esfuerzo, donde había mil y un cosas que lo llenaban de muy diferentes maneras, donde los horrores que estaban por venir parecían inexistentes y más bien nunca habían sido considerados.

Solía escribir algunas veces esos penosos poemas que intentaban ser de amor, sólo para ella, para expresarle lo mucho que la amaba y lo importante que se había convertido en su vida. Vivía noches de ensueño evocando el penetrante olor a sándalo que se desprendía de su cabello largo y negro, tan negro como esas noches donde se sentaban uno al lado del otro, sin necesidad de que mediara palabra alguna porque sus corazones se lo decían todo.

Al verla a los ojos se sentía extraviado, se perdía en los confines que formaban sus brazos y lo invadía una sensación de estar completo, lleno de vida, lleno de gozo, con la esperanza llenándole los bolsillos y con la certeza de no querer la vida si no era con ella y para ella, Daniela, quien formaba sin duda todo su universo a partir del momento en que le dio aquel primer beso.

III

Embriagándose en el sentimiento que lo llevo a estar ahí parado, contemplando una escena que parecía sacada de una de las tantas películas de horror que solía ver en las noches más turbias y solitarias, su mente era un caos total, no lograba hilar ningún pensamiento coherente, volteaba a ver a su alrededor, se tomaba su tiempo analizando aún los detalles más insignificantes, dejando que su mirada vagara sin rumbo fijo, dejando que se posara incluso, en el pequeño escarabajo tornasol que caminaba lentamente por la habitación, sabrá dios salido de quien sabe dónde; sus cavilaciones no alcanzaban para entender que era todo aquello, que hacía esa mancha roja esparciéndose por todo el suelo, que hacían sus manos y su ropa manchados por ese líquido viscoso que después de mucho pensarlo, llego a la conclusión de que era sangre. ¿Qué hora era? ¿Cómo se llamaba el programa que estaban pasando en la tele encendida? ¿Qué había sucedido? ¿Qué hacía ahí? ¿Qué le había sucedido a Daniela? Eran algunas de las preguntas que martilleaban su cerebro sin cesar, sin tener una sola de ellas respuesta alguna.

Era como si alguien deliberadamente lo hubiera conducido ahí, dejándolo con la mente en  blanco y con todas las preguntas rondando por ahí, para transformase en miedo, muchísimo miedo y en unas ansias locas de salir corriendo, esconderse y no salir jamás hasta que algo pasara o alguien lograra explicarle que ahí había sucedido.

Haciendo un esfuerzo sobre humano lo último que recordaba era que se encontraba fuera de la casa, tocando varias veces sin obtener respuesta alguna y que justo cuando estaba a punto de darse media vuelta, sintió un golpe fuerte en el rostro que al parecer lo dejo sin sentido.

¿Qué vino después del golpe? La nada.  Silencio. Ahora parecía como si una luz brillante que provenía seguramente del enorme ventanal, le hacía recordar algo, la discusión, los gritos, el enojo, el torbellino de sentimientos, ese sentirse despreciado, ese sabor amargo que nos deja con huecos en el estómago cuando nos damos cuenta de que el ser que amamos está más allá de nosotros, que no nos lleva enganchados a la piel, que no nos ha anclado justo dentro de su corazón.

La verdad de lo sucedido llego de golpe, acompañado por unas ganas inmensas de vomitar y de sacarse de adentro esos ácidos que lo corroían desde hace algún tiempo.

Estaba parado tocando insistentemente el timbre de la puerta aquella en la que vivía la mujer que había amado tanto y de tantas formas; cuando por fin se abrió, su sorpresa no pudo ser más grande al descubrir que ahí estaba ese chico joven de andares pausados que había visto anteriormente, ese chico desaliñado que parecía bastante menor con esa bermuda descolorida que le daba su aspecto tan característico, era el quien al verlo no pudo ocultar su sorpresa y sin más ni más le asesto un golpe; recordaba haber quedado tirado justo frente a la puerta de entrada sin que mediara algún grito de por medio o cualquier otra cosa. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, si alguien le había visto tirado ahí o no, sólo sentía sus párpados pesados y su cabeza como si hubiera sido golpeada por un tronco grande que lo dejo sin aliento, producto esto, seguro de la juventud y fuerza que poseía aquel chico del que no sabía ni siquiera su nombre, pero hacía el cual sentía un odio inmenso y desconcertante, porque le había robado lo que más amaba, porque le había arrancado de los brazos a esa mujer que era su todo, aquella que impregnaba con su perfume todos sus rincones, la que con un simple gesto le hacía saber sus más hondas inquietudes.

IV

Su corazón y todo su ser se llenó de odio, se ofusco, se convirtió en un huracán violento que solo sentía un dolor profundo que le oprimía el pecho, dejándolo casi sin aliento, transformándose en una mordaza para esas ideas que poseía sobre el bien y el mal. Su mirada se fijó en el brillo tenue que tenía aquel cuchillo en la barra de la cocina, de mango azul claro, que tomo sin pensarlo siquiera y al hacerlo fue como si se volviera una extensión de sus manos que sólo buscaban destruir y acabar de una vez por todas con la razón de aquel extraño sufrimiento que sentía galopar en sus sienes y en su corazón. Sólo quería matarla, anularla, hacer que dejara de respirar, repitiéndose incansable y monótonamente: Si no es mía no será de nadie.

Descargo la primera cuchillada de una manera tan fácil (siempre creyó que matar a alguien requería de cierto sentimiento perverso y de un corazón acorazado y cruel); fue como si el tiempo se detuviera en los ojos desorbitados que tenía enfrente, como si ese grito agudo no emitiera ningún sonido que pudiera tocar sus oídos, mirado en retrospectiva podría decirse que fue un instante donde dejo de pensar y de sentir, sólo se sentía contagiado de un frenesí que clamaba por sangre, sangre de quien parecía haber sido alguien tan desconocido y amado a la vez, pero que no le producía ningún tipo de miramientos.

Con ese aplanamiento permanente durante los minutos que duró la descarga de odio (no supo cuánto tiempo paso) se encontró parado en un gigantesco charco de sangre, con las ropas salpicadas y las paredes como una presencia innegable de la andanada de puñaladas que lo habían dejado exhausto y con las manos adoloridas, empuñando solo el material azul claro del mango del cuchillo, porque este se encontraba incrustado muy cerca del corazón de Daniela, seguramente se había roto mucho antes de que se diera cuenta y dejara de apuñalarla violentamente.

¿El chico aquél? Sin duda había corrido despavorido, aullando que había un loco en aquella casa que los quería matar, tropezando con los muebles hasta que logro alejarse de la escena dantesca que mostrarían horas después los noticiarios de toda la ciudad, diciendo en repetidas ocasiones que se trataba de un asesinato pasional, que se había hecho con demasiada saña, que no había razón para dar 97 puñaladas a un cuerpo que había expirado cerca de la cuarta puñalada que se había hecho muy certeramente en medio del corazón.

V

Ni siquiera había intentado huir. De manera consiente no recuerda haber pensado en alejarse de ahí sólo para no ser atrapado y llevado antes las autoridades. Lo que sucedió es que comenzó a caminar como si al alejarse de la escena buscara que sus pasos lo alejaran del horror que ahora sentía al ver inerte a la mujer que había amado tanto, a ella, a Daniela, a quien había ido a ver con la intención de invitarla a tomar un café para hablar de cosas sin importancia, porque lo único que deseaba era tener una tarde apacible, jamás se imaginó ni siquiera en sus instantes más negros y apesadumbrados que el sería capaz de cometer un crimen y mucho menos de matar con sus propias manos a la persona que le significaba tanto y que le daba sentido a sus días que por momentos se alzaban monótonos en medio de la niebla espesa que normalmente había todos los días por la mañana al despertarse.

Nunca nadie dio con su paradero. Sólo había vagado hasta donde las fuerzas se lo permitieron internándose en un bosque que había visto innumerables veces pero que jamás se había detenido a observar con mayor detenimiento y que albergaba ese túnel subterráneo que antiguamente había servido como forma de comunicación secreta entre su pueblo y el más próximo, por lo cual pudo alejarse rápidamente sin ser descubierto, teniendo agua de sobra y uno que otro fruto de algún árbol cercano que lo ayudaban a mantenerse con vida, deshecho, arrepentido, en los huesos pero con vida.

Sentado ahí y dejando que el viento le aquietara los recuerdos fatídicos, apretaba fuertemente contra su pecho,  a veces tan fuerte que le causaba un dolor agudo las uñas enterrándose en su carne maltrecha; ese único libro que poseía y que ahora era lo que lo anclaba al mundo real que poco a poco se perdía en el horizonte con cada atardecer y con cada trozo de cielo que alcanzaba a ver desde el acueducto donde se había recluido en busca del olvido y donde por más que se lavaba todo, no podía desaparecer las manchas de sangre que teñían de forma extraña sus manos y su pecho hundido.

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