La tarde que dejó de ser una de tantas

Cristel Medina.

I

Era una de esas tardes soleadas con viento cálido (que eran bastante raras para la época de invierno que apenas comenzaba) y ella caminaba cansada, casi arrastrando los pies y embebida en sus pensamientos que generalmente nunca le llevaban a ningún lugar. Parecía una ama de casa bastante hastiada, con demasiadas preocupaciones a cuestas, con un montón de sueños rotos que se dejaban traslucir bajo el vestido descolorido que llevaba;  eso se dejaba notar a través de sus pasos inestables y del peso que parecía cargar sobre los hombros; además de esos ojos que se mostraban vacíos y bastante opacos cuando uno se detenía a observarlos bien, y que te transmitían una sensación de soledad añeja que invariablemente te dejaba con el corazón compungido sin saber bien a bien cuál era el motivo. Así de poderoso era aquello que se asomaba a través de ese mirar que muchos en el pueblo decían que en sus tiempos de juventud, solía ser vivaz y alegre como rocío en el pasto al amanecer.

Ella caminaba presurosa como todas las tardes al salir del trabajo, con miles de pensamientos en su mente caótica que parecía un tanto más cansada que ella; le preocupaba mucho dejar todos los días a su bebé de menos de un año con la única muchacha que se animó a trabajar con ella por el salario que podía ofrecer. Eso le angustiaba, sin embargo, como decían en el pueblo, ni modo de sentarse a ver como daba pataditas el bebé, era imperiosamente necesario que saliera todos los días en medio del frío y de la oscuridad a buscar una oportunidad en la vida, con un motor poderoso como lo era su pequeño hijo, quien en los momentos de mayor cansancio y cuando ella creía desfallecer, la hacía levantarse, limpiarse las lágrimas y continuar andando aunque las fuerzas por momentos la abandonaran.

De camino a la fábrica de ropa donde trabajaba desde hacía casi cinco años y de donde sólo lograba vivir al día, porque ahí, por más que uno se esforzara no sacaba más que para irla pasando, para tener algo que llevarse a la boca, sin tener nunca siquiera un atisbo a eso que muchos llaman seguridad económica, donde uno no se preocupa por tener que comer mañana o por haberse enfermado y no tener con que ir al médico; en esas estaba, sintiéndose como otras tantas veces jodida, perdida, sola, cuando rememoraba sus sueños de antaño y sólo podía darse cuenta de que la vida se le había transformado en algo extraño, era como si se encontrara en medio de un pantano mal oliente, con los pies metidos hasta más arriba de las rodillas en un fango espeso que volvía completamente imposible el caminar y no sabía cómo es que había llegado ahí, como es que estaba en esa situación que la dejaba indefensa ante el peso que la aplastaba día tras día, sin tener mucho que hacer para parar aquello; a ella misma le parecía tan distante la juventud aquella que la hacía ser fuerte, no temer a nada y que sobre todo la hacía caminar por el mundo sintiéndose capaz de lograr todo aquello que se propusiera, hasta parecía que habían transcurrido miles de años desde la última vez que se sintió así: valiosa.

II

Cargando aquellas bolsas de mandado con las pocas cosas que el dinero pagado por una semana de arduo trabajo había logrado comprar, sintió un dolor punzante en la cintura que por un momento la hizo soltar todo arrancándole un quejido que la dejo casi sin aliento.

Faltaba poco para llegar a su casita que colindaba con el pinar aquel y que quedaba un poco más allá de ese par de milpas que se divisaban enfrente; así que lamentándose aún por ese dolor imprevisto reanudo su marcha sintiendo que algo dentro de ella se rompía, aunque sin darle demasiada importancia, en realidad, no podía darse el lujo de desfallecer cuando su pequeño hijo la esperaba con una enorme sonrisa que se le dibujaba en el rostro todos los días al verla llegar.

Su andar se hacía más lento de lo acostumbrado, su cara dejaba ver el dolor que se le había alojado muy dentro, pero aun así, camino saludando a las señoras que iba encontrando a su paso y ahí estaba Juanito, a quien siempre le dedicaba una sonrisa y de vez en cuando le regalaba una fruta; porque aquel niño le daba una inmensa ternura desde que supo que había perdido a sus padres en la explosión del polvorín en las fiestas pasadas del patrón del pueblo, había sido una verdadera desgracia que todos sus familiares murieran y sólo él aunque muy mal herido había logrado sobrevivir para contar como un golpe fuerte de su padre -quien ya se hallaba cansado por preparar toda la noche los toritos para la fiesta de San Antonio- a la pólvora había provocado una explosión que retumbo tan fuerte que aún muchos se cimbraban al hablar del desdichado hecho.

Juanito se apresuró a quitarle de la mano aquellas bolsas como un gesto de agradecimiento hacía la amabilidad que siempre tenía Rosi con él, de hecho él se sentía agradecido con ella porque como el mismo decía, ella era la única que no lo veía con lástima sino con harto cariño. Así que ella agradeció el gesto con una sonrisa y preguntándole ¿ya comiste Juanito? A lo que el respondió con la cabeza que no y ella le dijo mira compre manzanas toma unas para que te las comas, se ve que están muy dulces. Al estar en la entrada de su casa se notaba que le era casi imposible caminar, hasta parecía que dejaba de respirar y su cara denotaba una palidez que alarmo al pequeño aquel, que preocupado le dijo: ay doña Rosi se ve que se siente re mal, debería ir al médico, a lo que respondió con un gesto apenas perceptible porque el dolor se hacía más agudo; como ir al doctor si en el monedero tenía apenas veinte pesos que había guardado para el pasaje del día siguiente para ir a trabajar a la fábrica, eso no era para ella, nomás se sintiera con un poco más de fuerza se prepararía un té que seguramente la haría sentirse mejor.

En el transcurso de dos horas las fuerzas la abandonaron por completo y la angustia crecía con cada instante, no dejaba de sangrar y lo que había comenzado como un hilillo tenue de sangre, ahora era un escurrimiento que bajaba por entre sus piernas y que aumentaba a cada momento, haciendo que la pequeña habitación pareciera una escena del crimen por los charcos de sangre que se formaban cada vez que tenía esa necesidad de ir al baño, mientras le brotaba del sexo una especie de gelatina que le acarreaba espasmos y un dolor que aumentaba mientras el eco del llanto de su pequeño hijo penetraba por sus oídos mientras ya comenzaba a desvariar.

III

No supo cómo, pero cuando abrió los ojos se sintió cegada por la lámpara que tenía enfrente mientras un tipo adusto con bata y que parecía ser un doctor metía su mano por su entrepierna mientras le preguntaba sin ningún tacto: ¿está usted embarazada? A lo que con voz débil respondió que no, y el volviéndose hacía la enfermera que se encontraba detrás decía: tuvo un aborto espontaneo dice que no está embarazada pero aquí está el feto parcialmente despedazado de aproximadamente dos meses, debe estar inmediatamente en cirugía, apresúrense a transfundirle la sangre y preparen todo.

¿Qué? ¿Cómo? Miles de preguntas se agolpaban en su maltrecho cerebro y se puso histérica mientras gritaba y maldecía el hecho de enterarse que estaba embarazada en el instante en el que le decía que había perdido a su hijo, cómo era aquello posible si no había notado nada, si no había experimentado ningún malestar y se cuidaba con un método que le recomendó un médico del pueblo. Era como una broma salida del infierno. Se sentía completamente deshecha mientras el médico insensiblemente le decía: señora su vida está en riesgo, ha perdido demasiada sangre, debemos someterla inmediatamente a un legrado, firme en esta línea su consentimiento. Dejé de llorar que no soluciona nada, firme por favor.

Fueron los momentos más terribles de toda su existencia, era como haber andado siempre en un valle de soledad infinita sólo para descender a ese círculo del infierno donde nada tenía razón de ser y donde deseaba estar muerta; lo único que la mantenía con un poco de cordura era pensar en el rostro de su pequeño hijo que la enfermera le había informado se encontraba con los vecinos que al sentir que algo raro pasaba en su casa se habían asomado a la ventana por donde la vieron tendida en el suelo, en medio de un charco de sangre mientras el bebé no dejaba de llorar como anunciando la desgracia que se estaba desarrollando en aquel instante. Ellos la habían llevado al doctor y se había hecho cargo de alimentar y cuidar a su pequeño retoño.

Después vino la nada. La anestesia surtió efecto y el correr de doctores y enfermeras en torno suyo poco a poco se desvanecía en medio de un sueño que la dejo sumida en una aparente paz, donde lo que predominaba era el miedo de lo que seguiría después.

Tres días más tarde despertó del sueño inducido por los doctores, sintiéndose totalmente destrozada y confundida con el cuerpo totalmente adolorido y al recordar de golpe lo sucedido, comenzó a llorar lastimeramente, no había enfermera o paciente de aquel hospital pequeño donde se encontraba que no se conmoviera al escucharla y no le preguntara que era lo que le había pasado.

Pero ella no quería hablar con nadie, no quería escuchar nada y sólo deseaba arrancarse todas aquellas agujas y salir corriendo a refugiarse a los brazos de su pequeño hijo por quien aún seguía viva y la mantenía con una esperanza pequeña de salir de ahí. Durante la semana siguiente que permaneció internada ahí, casi no probo bocado alguno y las lágrimas manaban de su alma como un torrente inagotable de dolor y amargura por haber vivido todo aquello; lo único que la hizo mantenerse aferrada a no perder la razón fue que le dijeron que pronto sanaría y podría regresar a casa con su hijo.

IV

Llegó el día en que sus piadosos vecinos la llevaron de regreso a su hogar, la dejaron con su pequeño hijo y con la muchacha que le ayudaba a cuidarlo, le habían comprado algunas cosas de comer y una que otra vecina le había llevado al visitarla un chiquigüite de tortillas recién hechas y unos duraznos que acababan de cortar del árbol. Agradecía muchísimo la amabilidad y las molestias que todos se tomaban, pero lo cierto era que lo único que deseaba era estar sola. Quería aventarse sobre su desvencijada cama a llorar, había algo en el fondo de su alma que no la dejaba en paz y que la hacía sentirse culpable, ¿cómo era que no había podido darse cuenta? Si lo hubiese sabido ¡se habría cuidado tanto! Sólo Dios sabe la inmensa tristeza que le había provocado todo aquello, porque ella creía que en medio de toda aquella miseria los hijos eran flores en medio del desierto, sin embargo, se encontraba con que nada podía hacer y que tenía cosas más apremiantes de las cuales hacerse cargo.

Se había quedado sin empleo, no tenía ningún dinero guardado, no tenía amigos ni familiares a quienes recurrir y le preocupaba que la bondad de los vecinos se acabara cuando vieran que no podían mantenerla a ella y a su pobre criatura por mucho tiempo, finalmente en ese pueblo todos estaban condenados a la misma miseria, a esa pobreza que les había sido heredada por quien sabe cuántas generaciones atrás.

Era urgente que se restableciera para conseguir trabajo, tener una entrada segura de dinero que le permitiera respirar un poco más tranquila sabiendo que habría pañales y leche para su bebé. El dolor que le atravesaba las entrañas por el que había perdido tendría que esperar porque esta vida ahora sí, amenazaba con tragarla sin miramientos si no se levantaba de aquella cama en los próximos días.

A la siguiente semana haciendo acopio de todas sus fuerzas salió muy temprano a buscar empleo donde fuera, se había propuesto no regresar sin que la hubiesen contratado en alguna de las otras fábricas cercanas donde aunque los salarios eran aún más bajos, pues le daría la oportunidad de comer decentemente, el trabajo pesado no le daba miedo, había comenzado a los doce años a ganarse el dinero en largas jornadas en algunas de las parcelas aledañas a la casa de sus padres donde al igual que  a ella la falta de dinero siempre los había obligado a trabajar sin descanso por una paga miserable. Grande fue su decepción donde tarde tras tarde, regresaba por aquel camino polvoso que le traía tan amargos recuerdos, arrastrando los pies más de lo normal, sin conseguir ningún empleo, porque como en todos lados le decían: está mal esta temporada.

El pequeño Juanito siempre la observaba desde lejos, a leguas se le notaba que quería hablarle, pero ella, sin darse cuenta de que se encontraba por ahí parado, pasaba de largo sin regalarle su acostumbrada sonrisa. Era como si la amargura que inundaba su corazón no le permitiera ver que para aquel niño era muy importante, ya que él  la había llegado a estimar más que ningún otro, pero ahora se desvanecía frente a sus ojos sin darse cuenta.

A él le dolía de manera inmensa verla sufrir, verla trastabillar todas las tardes mientras se mostraba dudosa de llegar a su casa con las manos vacías, no podía entender como era que aquella buena mujer, la única que siempre había sido amable con él, estuviera sufriendo tanto, pensaba para sus adentros: ¡si tan solo yo pudiera hacer algo! Si tan solo tuviera la capacidad de lograr que dejara de sufrir y de volver a pintar en su rostro esa sonrisa que dejaba en otras tardes a un lado su amargura para regalársela a él!

V

Todo el pueblo se hallaba conmocionado. En todos lados había gente cuchicheando y llorando mientras algunos gritaban ¡no puede ser! ¡Cómo es posible tanta desgracia! Todo mundo se preguntaba que cómo había pasado, que si nadie se había dado cuenta, qué donde estaba él.

Lo que descubrieron los vecinos aquella fría mañana era lo más terrible que había ocurrido en  el pueblo en muchísimos años, aún más que el estallido del polvorín donde Juanito había perdido a toda su familia, era como si sobre aquel pueblo donde nunca pasaba nada se cerniera la desgracia de muchas generaciones, como queriéndoles hacer pagar algo que desconocían y que ahora los dejaba clamando al cielo por piedad, mientras no dejaban de decir que pobrecito del bebé, que cómo podría crecer así, que quien sería capaz de criarlo y ocultarle toda aquella desgracia.

La gente se arremolinaba por doquier, todos tenían una pregunta, algo que decir, alguien a quien señalar porque lo cruento de la historia los había dejado perplejos como nunca antes con muchísima más miseria en los bolsillos y con una amargura reptante que se dejaba traslucir de los ojos de todos los presentes en aquella pequeña comunidad.

Cuando encontraron a Juanito aún sostenía el machete con sus manos, mientras la sangre le chorreaba por aquellos brazos que se veían bien torneados a fuerzas de cargar costales de papas y de cosechar maíz con Don Damián que lo hacía trabajar jornadas dobles por unos cuantos pesos, abusando de la necesidad de aquel chamaco; a su alrededor había un salpicadero de sangre que había manchado todas las paredes de aquella pequeña casucha, y se le oía repetir claramente de forma monótona: ¡ahora si Rosita ya estás descansando, deberás que tú no te merecías sufrir! ¡Ya estás en el cielo Rosita, allá verás que serás feliz!

Cuando el pueblo amenazaba con lincharlo entre escupitajos y golpes de palo que le propinaban mientras le gritaban todos los improperios que conocían, Juanito sólo atinaba a decir: ¡Yo sólo quería que dejara de sufrir!

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