La amnesia de Pato Risso

Gustavo Vila.

Mi departamento está en un cuarto piso. A veces me gusta subir por el ascensor, pero otras, quizá para pasar desapercibido, subo por las escaleras. Algunos amigos viven en el mismo edificio. Estoy seguro de ello, pero por algún tipo de bloqueo no los recuerdo en este momento. Creo que en la recepción me vigilan, que sospechan que hice algo malo. Debo ocultarme. Entro al elevador y subo, pero me bajo dos pisos antes del mío. Bajo por las escaleras otra vez hasta el estacionamiento. Luego salgo del edificio sin ser visto.

Al regresar entro por el estacionamiento para evitar las cámaras, y pienso en subir a P.B., para tomar el ascensor como he hecho muchas veces, pero de nuevo se me ocurre que es algo inapropiado. Me detengo. Prefiero tomarlo desde allí y que no me vean en la recepción. Todavía no tengo claro cuál ha sido mi delito.

Decido llamar a mi departamento desde el ascensor. Quiero estar seguro de que todo va bien, pero nadie toma mi llamada. Se abre la puerta y salgo. Mi entrada está enfrente. Me introduzco en el departamento.

Está lleno de gente. La policía verifica las llamadas hechas al teléfono de la casa. La última es la mía. Mis amigos les dicen eso justo cuando entro, y no me gusta. Todos me miran con desconfianza. Camino hacia el oficial que está al mando de la investigación y lo enfrento.

Al llegar frente a él lo reconozco. Es Carlos Castaneda, quien me ha estado esperando. Como Don Juan lo hizo con él, tantas veces.

  • Carlos, sé que es una fantasía de mi mente –comento, sin dejar de seguir su paso acelerado con el que sale del departamento.

Comienza  a bajar escaleras. Sale del edificio sin contestarme. Yo le sigo apenas un paso atrás. Toma la calle de la derecha, por la que se llega hasta el metro.

- Tú no sabes nada –dice. – Y no debes hablar, o puedes perder el poco poder que tienes y que te he dado yo… -afirma contundente.

Luego aprieta aún más el paso.

  • - Está bien, pero al menos explíqueme, ¿qué es lo que está pasando? ¿De qué tengo que cuidarme? ¿A qué le tengo que tener miedo? -pregunto.

- Es tu única oportunidad de sobrevivir, la muerte te anda buscando, y como bien sabes, esa no se anda con mamadas –me asegura Carlos.

Noto que las casas y los árboles de la cuadra no parecen los mismos que yo identifico como conocidos. Son iguales y todo allí lo es. Pero no son como en un sueño común, que si miras las cosas fijamente éstas se van transformando. Al contrario, puedo fijar la mirada directamente en todo y las cosas permanecen total y perfectamente quietas. Parece un mundo polar, hay vapor frío por todos lados. Nadie se asoma en la escena más que nosotros. Y tampoco hay animales o automóviles circulando.

- ¿Dónde estamos? –pregunto, buscando referencias. ¿De qué tengo que estarme cuidando?

- Es tu ensueño, pero no te confundas… Es más real que el lugar por el que pasas a diario –me explica, sin detenerse o cambiar su rítmico movimiento de brazos con el que parece impulsarse. – ¡Y ya cállate!

Hago silencio. En la siguiente esquina toma la dirección opuesta a mi camino cotidiano, así que ahora vamos en dirección opuesta al metro. Unos minutos después estamos en el centro de Coyoacán. Siempre me ha gustado ese lugar, desde que lo visité por primera vez, hace dieciséis años.

- Estando a mí lado permaneces a salvo –continúa. – Y también ayuda que éste es un sitio de tu predilección.

- Lo es –afirmo-, y lo ha sido desde que… -Voy a explicarle el asunto, pero me corta.

- No pierdas energía hablando sobre lo que ya sabemos. Mejor cuéntame qué es lo que te tiene preocupado.

- No entiendo. ¿A qué se refiere, Carlos?

- Al tiempo… Al dinero… A tus posesiones…

- Dinero no tengo –contesto-, y tiempo…, menos.

- Pues uno de los dos tiene que tomar decisiones y cambiar, si quiere seguir vivo –me asegura, sin mirarme. Luego voltea y me clava los ojos como dos dardos. – …Y ese no soy yo.

  • ¿De qué me cuido, Carlos? Dígame… De favor se lo pido.

 Luego, sin quitar sus ojos de los míos, me dice:

  • De ti, amigo… Cuídate de ti mismo.

En ese momento lo recuerdo todo. Mi nombre es Patricio Risso, tengo diecisiete años. Estoy en un hospital. Apenas puedo mover el cuerpo. Ayer cometí intento de suicidio tirándome de un puente a una vía de tránsito porque mi novia me dejó… Acababan de correrme del colegio.

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