Exilio

En la concepción de mi obra parto estableciendo un mundo real y uno fantástico, mezclando y jugando con elementos propios de uno y otro, quedando de este modo la frontera de ambos quebrada y difusa. Persigo la transmisión de emociones, ideas o personalidades del mundo real a través de una representación poética, onírica, a menudo extrema y apologética, en donde el sujeto principal presenta alguna carencia, obsesión, anhelo…

El Bestiario de Exilio es un proyecto fotográfico de retrato artístico. El proyecto se compone de fotografías acompañadas por un texto tipo microrelato, que complementa y potencia artísticamente a éstas.
Descripción Conceptual: Los antiguos bestiarios, populares durante la edad media, eran volúmenes con ilustraciones de seres reales o fantásticos acompañados de una descripción, y que en la mayoría de los casos tenían una finalidad moral. Este proyecto representa una versión modernizada y metafórica de aquellos libros, en donde las ilustraciones pasan a ser fotografías y las “bestias” personas reales. El onirismo sirve como hilo conductor en toda la obra actuando a la vez como empoderador o potenciador artístico de la persona retratada, así como los textos.

Perfect Nightmare

Pocas perspectivas le quedan a un hombre pasados los treinta y cinco, solitario y con demasiados fracasos amorosos a las espaldas. He decidido no volver a confiar en el amor. Pero algo me inquieta. Hay una chica que siempre aparece en mis sueños. Ella esta desnuda, emergiendo de aguas negras en mi bañera, y susurra “soy la definitiva”. Cuando me dispongo a estirar el brazo para tocarla, de repente el agua empieza a brotar cada vez más fuerte y se desborda de la bañera. En cuestión de segundos empieza a cubrirme los pies, luego la cintura, luego el cuello. Justo en ese momento me despierto apretando la almohada con mi mano. Una noche más he vuelto a perderla. Juraría haberla visto antes. Se parece bastante a la chica que trabaja en la oficina. La misma que esquiva la mirada cuando nos cruzamos, y que una vez derramó tinta negra de la pluma sobre mi camisa. Quizá mañana sea yo el que rompa el hielo…

Mariam del Puerto. ’ Perfect Nightmare’

Killing Reality

Conocía bien la flora y fauna del bosque, y juraría que aquella mariposa no era común. Sus alas estaban moteadas de un azul intenso; parecía como si hubiese sido salpicada con la tinta de una pluma rota. Decidí seguir su camino, dejándome llevar.
Me condujo hasta una cueva cubierta de musgo camuflada tras una cascada y me adentré en la oscuridad. De repente, un sonido cristalino reverberó: al final de la cueva, podía divisar diminutas puntos de luz que iban creciendo en número conforme avanzaba; un yacimiento de amatistas brotó lentamente de entre las rocas brillando de un fuerte violeta. Comencé a correr buscando una salida, pero acabé cayendo por un agujero que me mantuvo dos o tres minutos directa al abismo. Justo antes de impactar contra el suelo, algo inexplicable sucedió: mi cuerpo frenaba progresivamente en el aire hasta que quedé totalmente ilesa en el suelo. Cuando abrí los ojos, pude ver cómo varias ramas de sauce terminaban de desenredarse, retornando a su forma original tras salvar mi vida.
Tras unos instantes de confusión -o más bien pérdida de conocimiento ante lo que me había ocurrido,- me puse en pie. Una suave pero repentina ola de viento apartó la niebla de mi alrededor desvelando aquella escena. Creía que los unicornios eran una leyenda, pero lo estaba presenciando; presumiblemente habían permanecido en aquel valle miles de años, longevos y resguardados del conminatorio ojo humano. Con cautela me fui acercando hasta quedar a escasos metros…
Sí, estás en lo cierto. Esta historia nunca me ocurrió, es fruto de mi imaginación. Sin embargo, cada vez que mi mente crea nuevas fantasías puedo percibir a la realidad temblando, porque ella siente su existencia intimidada, efímera, y eventualmente… relativa; y esto es tan cierto como que los unicornios no existen.

Huichi Chiu. ‘Killing Reality’

A Bloody Sunset

Dispuse una escena típica romántica para esta ocasión. Esto le sorprendería, dirigiría fijamente su mirada a mis ojos y tras unos segundos mostraría una media sonrisa que lo diría todo. Después de eso nos acomodaríamos, deslizaría su mano sobre la mesa hasta la mía, nos perdonaríamos, nos besaríamos y volveríamos a empezar lo nuestro desde cero. Pero se retrasa, se retrasa casi dos horas. Mi paciencia expira y el ocaso va desvaneciendo las posibilidades de que aparezca. Las rosas… las rosas están compinchadas, se secan, se marchitan todas simultáneamente, antes de lo que esperaba; el tiempo, el tiempo debe de ser un cómplice, él acelera el atardecer que se me viene encima, me envuelve y me vulnera; el sol es el sicario, semiescondido dispara cual pistola sus últimos rayos; y el vino es la sangre que con furia se derrama. En efecto, el amor es un crimen organizado, cuyo culpable permanece siempre, difuso. Esperaré cinco minutos más y sino me marcharé de nuevo a casa. Dormiré reflexionando en lo silente que puede llegar a actuar la violencia.

David Tortosa. ‘A Bloody Sunset.’

My Booring Evenings

¡Ya no más! Ella dio carpetazo a las formalidades y decidió poner orden en su vida. Ese que de verdad deseaba. Fue el momento de meter en una bolsa negra todas las chaquetas azul marino, grises y negras, los tacones de aguja y las faldas de tubo asfixiantes junto al resto de prendas de mujer convincente. Se puso frente al espejo y se limpió la cara, haciendo hincapié en retirar el color rojo de sus labios y cambió su peinado. Ya no quedaba rastro en su cara de esa mujer dura.
Se miró detenidamente en éste y al reconocerse se descalzó rápidamente y se subió a una silla, de puntillas, para alcanzar una caja grande sobre el armario, al fondo.
Allí estaba de nuevo. Junto a aquellas cosas, aún empaquetas, a las que se aferraba cuando el mundo de la razón la desequilibraba por completo.
Hacía tiempo que no las veía, no había pausas, ni conversaciones consigo misma, ni tiempo que no fuera para estar perfecta, para dar lo mejor de sí misma y para lograr ser lo que el resto quería encontrar en ella. El resto, obvio, ese que nunca le preguntó qué era lo que de verdad ella pensaba. El que nunca supo qué había detrás de esa joven mujer defensora de los demás, en aquella sala con banquillos de madera y montañas de reclamaciones en el gabinete.
Hacía mucho tiempo que no se daba una tregua. Con fuerza tiró la bolsa negra al fondo, ahora libre, del armario y supo que aquella balanza que cargaba a diario se equilibraba. Se quitó las medias, sintió esa libertad y frescura que ya había olvidado al tocar el frío suelo de cemento, tomó uno de los tacones q tiró contra una esquina y la punta afilada de menos de un centímetro de grosor se dispuso a romper la única cinta que mantenía una caja cerrada.
Allí estaba lo que por mucho tiempo consideró su única causa. Tal y como la había dejado ya hace casi diez años, cuando decidió, por error, que ya no era más una niña para seguir jugando.
Todos sus muñecos, los trajes que desde pequeña había cosido a mano con el mayor esmero de querer hacer las cosas bien.
Sacó todo de una vez, con una mescolanza entre nostalgia y pura adrenalina.
La misma que ha logrado que anoche no durmiera y que desde que salieran los primeros rayos de sol andara saltando en la cama. El teléfono no para de vibrar. No piensa contestar al igual que, ni mucho menos, ir al gabinete de abogados. Tampoco irá mañana, ni pasado…
Ha ganado el juicio, mejor dicho, lo ha recuperado.

Lucy Paradise. ‘My Boring Evenings’

Voltaica

Es mi justa contrapartida. Cargas positiva y negativa. Odio y atracción al mismo tiempo. Mirarla es revivir automáticamente la noche en que nos conocimos. Ella siempre será esos láseres sobre la pista de baile, sonando en bucle un disco de Hi-NRG; las luces de las farolas en callejones sin salida a las cinco de la madrugada, acabada la fiesta; un VHS de serie B en mi televisor, ciencia ficción; y el resplandor de los relámpagos como telón de fondo en mi ventana. Para bien o para mal, ella, la electricidad, y yo, el cobre. Juntarnos provoca la descarga. Esa corriente de la que intento huir pero, no sé cómo termino, adherido a ella.

Virginia Rodríguez. ‘Voltaica’