Estambul, Turquía: Como de película

América Nicte-Ha.

Muy pocas veces he podido afirmar que la realidad coincide casi al cien por ciento con la ficción. Mi estancia en Estambul en la semana santa del 2015, me permitió poder expresar fidedignamente esta expresión, ya que  Estambul, es verdaderamente como lo pintan las películas  e incluso, mucho más… He de confesar que mis días en una de las ciudades favoritas de la industria hollywoodense, me causaron sentimientos encontrados, no por el choque cultural, sino por las abismales asimetrías, desigualdades, contrastes y al mismo tiempo, agradables sorpresas que experimenté.

Más allá de narrarles sobre sus majestuosos palacios -como el Topkapi o el Dolmabahçe-, sus palacetes, que mayoritariamente se encuentran en la primera línea costera y son también conocidos como Yali, su imponente y mundialmente famosa catedral bizantina de Santa Sofía, sus espléndidas mezquitas que se encuentran erigidas por toda la ciudad, sus antiguas ruinas, sus míticos y ancestrales baños turcos, sus pintorescos y a la vez caóticos bazares –como el de las especias o el central-, su mercado del pescado, sus vibrantes barrios modernos plagados de cafés, restaurantes gourmet de cocina nacional e internacional, comercios, museos, sus residencias decimonónicas, sus tejados entrelazados en los que en más de una ocasión hemos visto a héroes y heroínas hollywoodenses librar batallas contra los malvados, su majestuoso estrecho del Bósforo –también conocido como estrecho de Estambul- que separa la parte europea de la parte asiática, yo sobre su infraestructura con ese aire nostálgico de herencia bizantina y otomana, me centraré en retratar impresiones sociales y culturales que fui recogiendo y por tanto, fui haciendo mías.

Lo primero que llamó poderosamente mi atención, fue ver una gran cantidad de niños en las calles, ya fuera trabajando o mendigando. Una sensación de impotencia, frustración, coraje y al mismo tiempo de interés por descubrir la historia que hay tras de ellos, me rondó durante todo el viaje. No son niños abandonados, pues aunque vi a algunos trabajando -como el chiquito que la hace de guía de turistas o como el chiquito que toca su acordeón en una de las avenidas más concurridas de la ciudad- y a otros mendigando, no se ven desnutridos, maltratados o sucios. Me percaté un par de veces que los turistas les daban tanto alimentos como vestimenta o calzado. En una ocasión -cerca del gran bazar- una turista canadiense le compró a un chiquito un par de calcetines y algo para abrigarse pues estaba comenzando a llover y las temperaturas descendían. En otra ocasión -ahora cerca del bazar de las especias- unos turistas de habla inglesa le regalaron a tres chiquitos –en una de las fotos aquí expuestas- un par de kebabs. Incluso, en dos ocasiones también compré alimentos.

En un principio pensaba que se trataba de una gran red de prostitución infantil e incluso,  -como buen ser humano- llegué a juzgar a los padres, al pensar que los utilizaban para obtener de las donaciones de los turistas alimentos y vestimentas. Muy probablemente estos dos escenarios también están presentes, ya que según el artículo de Bernard Kennedy titulado Estambul, ciudad de sueños y pesadillas, en el 2005 había en Turquía 42,000 niños en la calle de los cuales, la mayoría se encontraba en Estambul. Kennedy cierra el artículo, sosteniendo que “ahora que se ha reconocido el problema, se espera que está cifra descienda”. Sin embargo, diez años más tarde, la cifra de niños que viven en la calle no solo no ha descendido, sino que hay que sumar otro elemento. Después de hacer una breve búsqueda de información, me percaté que la mayoría de estos niños que vi en las calles de Estambul, pueden también pertenecer al millón de refugiados sirios –datos del año 2013- que están huyendo de la mal llamada –por los medios occidentales- “guerra civil”, conflicto que estalló en el año 2011, y que ha sido catalogado como una de la crisis más brutales de la Primavera Árabe. Por tanto, miles de sirios han sido acogidos por Turquía.

Es de tal magnitud esta desbordante presencia de los refugiados sirios, que las autoridades han sido rebasadas por la situación. Desde inicios del 2014, los campamentos oficiales dejaron de recibir nuevos refugiados, el gobierno Turco se ha limitado a declarar que implementarán “nuevas y serias medidas” y por su parte, algunas familias de refugiados  se niegan a ir a dichos campamentos oficiales, pues aseguran “que ahí solo tienen a niños y mujeres, los hombres que lleguen seguramente los regresarán a combatir a Siria“. Esto es claramente una fotografía de las consecuencias de las guerras que se están librando en aquella parte del mundo, que aunque geográficamente estén a kilómetros de distancia de nosotrxs, también recibimos efectos negativos indirectamente. Dichos conflictos, -como siempre- afectan a los más inocentes, que ya nada tienen que perder, más que su dignidad y la vida. Podría escribir un artículo entero sobre este tema, pues algo que noté, es que vemos estas problemáticas sociales tan naturalmente, que nos limitamos a dar comida o vestimentas sin preguntarnos ¿cuál es la realidad que hay tras de ellos?, ¿por qué llegaron ahí?, ¿por qué viven así?… Sin embargo, el objetivo del texto es presentar una visión breve y global de lo que pude apreciar durante mi estancia, así que lo dejaré pendiente para otra entrega.

Lo que abunda en Estambul –además de las vastas variedades de especias, rollitos dulces confeccionados de diversas frutas locales y tés-, son gatos. Sí, hay gatos, muchos gatos. Los puedes encontrar dormidos en los aparadores de las tiendas -como dicen los angloparlantes y francoparlantes a los que les hemos copiado para sentirnos más chic- de souvenirs o viviendo en la calle. Pero eso sí, con su respectivo recipiente de comida y contenedor de agua, que ha sido proporcionado por los vecinxs de la zona en la que viven. Podría afirmar que no hay gato callejero en Estambul que muera de hambre o sufra de sed.

No puedo dejar de escribir sobre la cuestión religiosa. Puedo afirmar, por lo que observé, que los musulmanes son coherentes al practicar y profesar su religión al pie de la letra. Esto es contrario a la mayoría de los católicos, pues la profesan pero no la practican, o la practican a medias, es decir practican la doble moral o poniéndolo en una palabra más común, practican la hipocresía. Debo aclarar que no es mi intención desatar un debate religioso, simplemente estoy emitiendo un juicio personal de acuerdo a lo que he visto y vivido. Deseo más que nada, reconocer que los musulmanes, más allá de ese estigma que les han construido los poderes occidentales -por medio de la narración y el discurso- de terrorismo, opresión, represión y atraso o incluso cerrazón ideológica, son congruentes, coherentes y dignos practicantes de su cultura y religión. Con un vasto bagaje de conocimientos, experiencias y lecciones morales. Tan bien practican su religión, que hasta en el metro tienen habitaciones habilitadas para rezar, en dado caso de que el tiempo para sus oraciones les encuentre durante su trayecto de viaje.

Si nos ponemos las gafas occidentales -incluyéndome a mí-, inmediatamente nos presuponemos a ver una situación de inequidad respecto a mujeres y hombres. Sin embargo, en palabras del doctor Mohammad Hassán Ghadiri –ex embajador de Irán en México-, en el mundo musulmán la “igualdad no es siempre sinónimo de justicia”. Al analizar estas líneas desde diferentes perspectivas, las cosas tienen sentido y lo cobran aún más, cuando te adentras en profundidad a conocer este mágico y enigmático mundo, pues como mencioné en líneas anteriores, la cultura musulmana es dueña de inmensos bagajes entre ellos, el que contiene las lecciones morales, de humanidad, de respeto y de sabiduría, que pueden responder a las situaciones que en occidente se ven como actos de inequidad o desigualdad. Tampoco deseo generar un debate sobre este tópico, pues al igual que la cuestión de la guerra civil en Siria y sus refugiados, fácilmente de aquí se podría desprender otro artículo. Me limitaré a recomendar a todxs aquellxs que se interesen en leer este texto, a ir más allá de los prejuicios, estigmas, y “verdades” o hechos construidos y narrados desde occidente.

Después de esta breve reflexión sobre lo justo, injusto, igualdad e inequidad en el mundo musulmán, entraré a uno de los temas que más me gustan; las mezquitas, las cuales, son el lugar sagrado para rezar. En las mezquitas se respira paz y tranquilidad. Se palpa pureza y fidelidad. Paz y tranquilidad al solo escuchar tu propia respiración o los latidos de tu corazón cuando la gente está rezando.  Pureza al tener que lavarte y usar vestimentas limpias antes de rezar. En el caso de los hombres, se tienen que cubrir con vestimentas holgadas y purificarse al realizar la ablución -que es igual a lavarse-, ya sea con agua o sin agua – el At Taiammum-. En el caso de las mujeres, tienen que cubrirse todo el cuerpo también con vestimentas holgadas y usar el hijab – si bien algunas mujeres están forzadas a usarlo en algunos lugares, lejos de ser un signo de opresión, en general el hijab resiste a los imperativos comerciales que soportan y estimulan la cultura consumista, y le permite a las mujeres tener control absoluto de su cuerpo-. Fidelidad, al cumplir rigurosamente sus oraciones –la oración del alba, la oración del medio día, la oración de la tarde, la oración del ocaso, y la oración de la noche -, y apresurarse a la mezquita más cercana, al oír el llamado a la oración o el aḏān. Así pues, para los musulmanes, “la oración es una plegaria para adorar y acercarse a Dios, es un himno  divino, himno de monoteísmo y amor, himno de pureza y dignidad, himno de orden en la vida” (Huyyat ul Mohsen Rabbani, 1984: 6).

Una de las acciones que pueden ser vistas desde occidente como una acción de inequidad e injusticia hacia las mujeres, es la separación de sexos  a la hora de rezar. Mientras los hombres rezan en el salón principal de la mezquita, las mujeres tienen un lugar asignado en las alas laterales, dividido por una pared de madera. Sinceramente, mi primera reacción fue la de condenar la desigualdad entre hombres y mujeres, “estos hombres musulmanes machistas”, fue mi primer pensamiento. Mi posición cambió, al enterarme que dicha separación es con el objetivo de preservar el respeto y la intimidad de las personas, así como de evitar cualquier falta de respeto al momento de realizar su himno de pureza y dignidad es decir, la oración. Tiene sentido, ¿no? En occidente practicamos ese tipo de separación entre hombres y mujeres en cuestiones tan cotidianas como la hora pico en transportes públicos como el metro, y no ponemos el grito en el cielo. No puedo pasar a la siguiente observación, sin mencionar que en este espacio reservado para las mujeres, también pueden leer o estudiar, mientras que los hombres solo pueden entrar a la mezquita para rezar. De hecho, dediqué un momento de mi única tarde que tuve libre, a leer unos cuantos párrafos de Saramago.

Quiero mencionar que una de las cosas que más me sorprendió, fueron los códigos de conducta de los hombres. Ya mencioné el hecho de que los musulmanes son coherentes y congruentes a la hora de practicar su religión. También quiero comentar que es impresionante ver el cambio de personalidad entre la calle y la mezquita, pues afuera se veían varoniles, machos, imponentes, serios, desafiantes, y una vez dentro, me quedaba boquiabierta al verlos postrados, entregar su devoción y fe por medio de sus oraciones. Por otro lado, ese aire machista, imponente y desafiante, se quedó atrás, al ver a los amigos por las calles, expresarse muestras de afecto, como el abrazarse o entrelazar los brazos al caminar, sin que necesariamente signifique que sean homosexuales, simplemente son un par de amigos que se tienen afecto ¿por qué en occidente no puede ser así?

Sin duda, me faltan mil y una experiencias más que relatar, pero por el momento, considero que ha sido suficiente para poder transmitirles una pequeña imagen. Así pues, Estambul es como de película, e incluso mucho más, cuando haces tuyas sus prácticas, cuando respiras y vives su día a día y sobre todo, cuando abres tus horizontes, auto descubres, asimilas y entiendes su realidad, dejando atrás los estigmas, los preceptos occidentales, y le das paso al respeto por otra cultura. Hay que ver, sentir y asimilar las diversas realidades de nuestro mundo, más allá del conocimiento que nos imponen, cuestionar, analizar y comprobar, antes de condenar y sobre todo, respetar lo distinto, para poder aceptarnos y entendernos a nosotros mismos.

Termino esta entrega, recordándoles que no todos los musulmanes son radicales, ni pertenecen al Estado Islámico, ni son terroristas.

¡Hasta la próxima!

Fotografías: Archivo personal de la autora.

One thought on “Estambul, Turquía: Como de película

  1. Excelente artículo, digerible!! Gracias Ame por transportarme por unos minutos a Estambul!! te mando un fuerte abrazo !!
    Mi admiración para ti, y ya sabrás que dato fue el que más me llamó la atención!! <3

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