El Explorador. 4- Disolviéndome en Romina

Gustavo Vila.

Soy evasivo a la quietud y justo por eso estoy agregándome información liberadora, que erosione mi obsesión. Ya no me soporto. Necesito detenerme. Pienso en eso culpándome por permitirme ser el perverso, el inhóspito, el malvado. Pero también comprendo a mi Benefactor, cuando me empuja de esa forma persistente, indicándome que regrese a casa, a la calidez del hogar, y me reclama que estabilice el centro ingrávido en mi corazón.

 

Miércoles 6 de enero. Sesión con Romina.

“El ilegal”.

Me senté con cuidado, apreciando el cómodo sillón de cuero al que había sido invitado y comencé a hablar gesticulando vagamente con las manos.

-Iban conduciéndome a una oficina. Yo sabía que me habían descubierto. Estaba ilegal, aunque tenía algunos argumentos. Pediría clemencia. Me percaté que había un conocido mío allí, en uno de los cubículos de esa especie de comisaría con muchísimas oficinas. Lo vi por casualidad. Los dos guardias que me arrestaron tomaron casualmente por ese pasillo. Caí en la cuenta que era “él” unos pasos más adelante, así que regresé y me quedé observándolo. Los policías me dejaron hacerlo, no había prisas ni forcejeos. Me reconoció, pero fingió que no. Estaba muy “producido”, adornado como un rockero moderno estilo Lenny Kravitz, con unas gafas celestes y el cabello esponjado con look retro. Vestía traje gris con camisa blanca de cuello largo y anticuado. Le caía sobre el pecho una bufanda con un degradé de franjas cafés. Y yo me detuve para oírlo tocar el piano.

-Recuerdas muchos detalles… ¿Cómo te hizo sentir?

-Me agradó verlo allí. Fue como ver un familiar en el extranjero. Algo así.

-Continúa –Insistió Romina.

-Tocaba el piano apasionadamente. Lo estaban filmando. Pensé en sonreírle y hacer que me viera, en levantarle el pulgar. Sonaba condenadamente bien. Con personalidad, auténtico. Supuse que pronto se haría famoso o que quizá ya lo fuera. Finalmente no lo quise interrumpir ni distraerlo. Después seguí mi camino de proscrito, de clandestino desterrado.

-¿Qué pasó luego? ¿Te condenaron?

-No. Por algún motivo yo sabía que me perdonarían. Ni siquiera estaba preocupado. Pensaba en que quizá sólo me extorsionaran, me pidieran dinero. Nada complicado.

-¿Y fue eso lo que sucedió?

-No lo sé. Desperté si saber que pasaría después de eso.

-Ok –dijo-, déjame pasar al baño y regreso.

Me quedé en la habitación. Había dos helechos colgantes, uno en cada esquina y al centro de la pared llamaba la atención un enorme cuadro al óleo de un pueblito de pescadores, con sus botes y su faro. Tenía enfrente una mesita de mimbre con un pequeño mantel blanco en donde se apoyaba una pecera redonda con plantas acuáticas. Recorrí el resto del paisaje con la mirada, pero pronto escuché los tacones de Romina entrando a la habitación.

-Bueno –me lanzó por sorpresa-, ¿y el amigo ese…? ¿Qué asunto hay entre ustedes?

– Estamos en el mismo bando.

-¿Qué cuál es?

-Mmm… -dudé en hablar.

Después la observé directamente a los ojos. Negros, inquietos, oscuros como escarabajos. El cabello largo y ondulado se me figuró como el de una muñeca de trapo. Ella estaba hundida en su sillón y a pesar de ser más pequeña que yo tuve la sensación de que me observaba desde lo alto.

-Nuestra relación es… -Me detuve –Somos amigos –concluí. No había nada que yo quisiera decir al respecto.

Romina hizo una mueca con la boca, apenas hacia un costado. Pareció no estar de acuerdo al principio, pero luego sonrió y volvió a mirarme sin prejuicios, dejándome ser, sentir, expresarme, y libre de mantener mis secretos.

Miércoles 13 de enero. Sesión con Romina.

“Traicionado por amigos”.

Romina lleva un registro de mis sueños. Generalmente la veo los miércoles, aunque nunca sé si llegaré, hasta el último momento.

-¿Qué crees que puede ser? –Le pregunté, ni bien estuve sentado.

-Cuando soñamos liberamos estrés… ¿Cómo has estado descansando?

-Mal. Entrecortado. Me duermo en sitios inadecuados.

-¿Quieres contarme? Adelante… -Sugirió, y se arregló el cabello echándolo hacia atrás. Luego se recostó plácidamente. Cargaba una libreta apoyada en la pierna que tenía cruzada sobre la otra. La vi sexy. Tenía una mini negra, de cuero, bastante corta, pero las medias de lana cubrían cualquier oscura intención. Sacó sus lentes y tras limpiarlos con un leve aliento húmedo, los alzó hasta asentarlos frente a sus brillantes ojos gatunos. Luego anotó algo breve y me observó expectante.

-Ok… Mi departamento en el sueño estaba en un cuarto piso. A veces me gustaba subir por el ascensor, pero otras, quizá para pasar desapercibido, subía por las escaleras desde el garaje. Algunos “amigos” vivían en el mismo edificio. Esta certeza era ambigua, pues en ese momento no podía recordarlos físicamente. Soñando me cuesta concentrarme y esto no me preocupa, no al menos durante esos instantes. Es decir, tenía una vaga noción de ellos y me era suficiente. No me importaban. Estaba atrapado por una mala sensación, pero no lograba ver con claridad el motivo. Intuía que en la recepción había algo raro, así que no creí conveniente pasar frente a la portería.

            -O sea… Sabías, pero no sabías…

            -En los sueños es así… Finalmente decidí subir por el ascensor, pero desde el garaje, y cuando este se detuvo en el cuarto piso y abrió las puertas yo me quedé estático, sin sentir el impulso de salir. Suelo ser respetuoso de mis impulsos, pero los observo bien, antes de seguirlos.

-Parece una buena actitud…

-Volvieron a cerrarse las puertas. Cuando reaccioné oprimiendo el botón ya viajaba de regreso hacia el subsuelo. Necesitaba una señal, algo, pero no se me estaba presentando ninguna idea instintiva que pudiera infundirme un sentido preciso, como para decidir qué hacer. No aguanté más la ansiedad y al volver a cerrarse las puertas oprimí el cuatro de nuevo. Cuando viajaba subiendo decidí marcar a mi departamento con el celular. Quería estar seguro de que todo iba bien. Nadie tomó mi llamada. Se abrió la puerta y salí. La entrada estaba a pocos metros. No escuché ruidos así que la abrí y entré.

– Tienes una asombrosa capacidad para resistir la incertidumbre… –Murmuró Romina, en el instante en el que tomé un respiro.

– Sí… Así que entré, y estaba lleno de gente. Parecía la escena de un crimen. Me desconcertó no haber oído todo ese murmullo antes. Se hizo un silencio intenso cuando me vieron. La policía verificaba las llamadas hechas al teléfono fijo. La última era la mía. Eran precisamente mis “amigos” quienes aseguraban en voz baja que era la mía, y fue justamente eso lo que me descolocó. Me estaban acusando. No me importó ni siquiera de qué, pues en ese instante sentí mi cuerpo lleno de rabia, acalorado, entumido de indignación. Me pareció una cobardía, una traición. Cuando caminé hacia el oficial que parecía estar al mando de la investigación, este se llevó la mano su arma de reglamento y ahí la dejó. Los demás se alejaron sin la más mínima señal de compañerismo, desconociéndome por completo.

Romina pareció captar que era el final. Asintió con la cabeza dos o tres veces.

-Nunca pude intuir el motivo por el que me tenían tanto miedo. Todavía sigo contrariado al respecto.

Miércoles 20 de enero. Sesión con Romina.

Mayra en mí”.

            Como siempre, Romina estaba escuchándome. Y como siempre vestía  completamente diferente a nuestra cita anterior. Parecía que estrenaba su ropa cada vez que tenía consulta conmigo. Suelo confundir las cosas, pero juraría que en esto no.

-Mayra apareció en mi puesto de revistas. Buscaba unas postales exclusivas que importo desde París. Vienen con las estaturas ideales para parejas perfectas, pero se me habían acabado. Ese día ella me sorprendió apareciendo  por allí de improviso. Después de nuestra separación había pasado años ignorándome, así que era yo quien siempre la andaba buscando.

-¿Creíste que quería regresar contigo? –Me interrumpió.

Yo había ido notando en sesiones anteriores que Romina me interrumpía tratando de dirigir mi indagación, y no me incomodaba con eso, le pago por hacer su trabajo, pero mi disgusto venía como una forma de celos. Sentía que a ella le gustaba entrometerse en mis recuerdos, y deseaba que en los de Mayra ella dejara de hacerlo.

-Creo que Mayra vino a matarme –Dije. -Fue parca en sus gestos y apenas lo suficientemente amable como para tomar lo que vino a buscar y largarse… Mi atención. Vino a dejarme seco. A quitarme el último aliento.

-Tienes lo que podríamos denominar como una obsesión –Agregó.

-No sé. Sólo sé que se me aparece en los sueños…

-Ok. Continúa…

-Primero me pidió una, del montón que estaban en el exhibidor alto, a mis espaldas, luego eligió algunas otras, y yo, cautivo por su presencia, traté de apantallarla ofreciéndole una de las más caras. Ella la tomó y asintió, afirmando con gesto de asombro fingido, dándome a entender que sí, que también esa era interesante. La juntó con las otras que ya había seleccionado y después se fue sin pagar ni mirarme a los ojos.

-¿No pensaste en preguntarle qué quería?

-Sí. Pero no le dije nada. La dejé ir sin saber qué hacer.

-¿Qué sentiste?

-Siempre he sentido que le debo algo, creo que me moriré con eso.

Sesión con Romina. Miércoles 27 de enero.

“Enojado”.

-¿Y ahora qué traes? Soltó Romina, luego de acomodarse en el sillón y clavar su mirada en mis ojos. Mmm… No me contestes –Dijo. -Otro sueño.

-Algo así… ¿Te cuento?

-Adelante.

-Me desperté, pero no a la realidad, sino que pasé del sueño en el que estaba a otro. Yo era uno de esos flacos fibrosos como los que había deseado ser a los veinte años. Un rubio de pelo largo y lacio, con aspecto de surfista hippie. Me sentía muy ansioso. Pasé una esquina caminando apurado y observé que había un restaurante con algunas mesas libres. Era uno de esos lujosos, con doble mantel y varios meseros atentos a todo. Los tonos iban del blanco al azul profundo, pero lo que dominaba era el azul claro. Miré bien y pensé: “¡Qué raro! Sólo hay dos mesitas ocupadas con parejas y el resto están vacías. Seguro que este negocio es un fracaso.” Crucé la calle y caminé hacia la acera de enfrente viendo alejarse la escena. Continué observando. Noté, desde esta nueva perspectiva, que en la siguiente manzana el restaurante anterior se había expandido. Primero vi que los azules y los meseros eran idénticos y me di cuenta que era del mismo dueño al que creí un fracasado. La diferencia radicaba en que este nuevo local estaba repleto. Seguí caminando. A un costado había otro más, que alcanzaba hasta la mitad de la cuadra. También lleno. Me enfurecí. Yo había intentado tantas cosas, había querido conquistar el mundo entero, pero no tenía un quinto en los bolsillos y el éxito se me seguía escurriendo entre los dedos. Sentí una rabia encarnizada y lo maldije por dentro. Apreté el paso y continué el camino con enjundia. Dejé de mirar a mi alrededor. No recuerdo ningún detalle más del entorno hasta llegar a casa. Ya en el departamento tomé la escopeta de cartuchos, la de dos caños, y disparé varios tiros por la ventana hacia el cielo.

-Detente un momento… -Intervino Romina.

Yo estaba respirando aceleradamente. Dirigí mi atención al pecho y de forma natural mi cuerpo aspiró profundamente dos o tres veces, hasta que se calmó.

-Yo era un niño… -Murmuré, intentando continuar.

-Dijiste que eras un muchacho de veinte, más o menos.

-Sí, pero resulta que comencé a hablar con un niño que al parecer vivía conmigo o que también era yo. Este inocente flaquito de ojos azules enormes, de no más de doce años, también mantenía su cabello largo y era sin dudas también, un surfista hippie como yo. Me estaba intentando convencer de que dejara de hacer eso, que me calmara, que ya no disparara el arma. Yo estaba muy enojado y al principio ni siquiera le quise poner atención. No sé bien en que pensaba cuando el niño, después de un rato en silencio viéndome sin hacer nada, al fin me convenció.

-¿Y?

-¿Y…? Y nada. Por eso estoy aquí. Me desperté sin ningún tipo de resolución.

Romina hizo un gesto tierno. Nunca lo había hecho. Una especie de mueca de comprensión en las que sus ojos sonrieron. Luego movió la pluma que tenía en la boca por sobre los dientes de abajo. Empecé a mirarla con cariño, y ella se dio cuenta que me pareció bonita. Se ruborizó. Luego dijo algo así como: “Bueno, continuamos en la siguiente sesión, ¿estás de acuerdo?” Sí, sí, claro, claro, le contesté yo.

 En cada sueño, a cada momento, la realidad me muestra quien soy. Quien es el que percibe tras el manto de misterio. Soy el que va descubriéndose, ya sea que esté absorto en la mirada de una mujer, entregado a la pasión, o que esté enfurecido por la claustrofobia de estar vivo. Evasivo, sí, algunas veces, pero en otros momentos soy el que surge sereno, adoptando la calma plácida de mi Benefactor.