El Explorador. 5- Camino al patíbulo

Gustavo Vila.

Las voces del pasillo se van silenciando a medida que me internan hacia el quirófano. Una enfermera es la única persona con la que tengo comunicación. La oí hace unos momentos hablando con otra. Las escucho como si fueran las voces de un sueño. Me siento relajado. Ya estuve en el infierno y todo lo que se tenía que quemar ya se quemó.

            Les cuento… Y quizá sea, ahora sí, mi último cuento.

            Hace dos noches, cuando Patricia me dijo que necesitaba hablar conmigo de algo importante, supe que si entre nosotros había alguna ilusión, ardería como una carta de amor sobre las brasas de la chimenea en invierno.

            -No somos iguales –dijo. –Ni voy a permitirte jugar con mis sentimientos. Yo siempre consigo lo que me propongo. O las cosas son como yo quiero o me largo.

            Y no, definitivamente no lo somos. Ella es una mujer que, si pasa por el espacio visual de cualquier hombre, ni el más ciego de todos podría dejar de mirarla. En cambio yo suelo pasar desapercibido en cualquier sitio. Esta condición secreta me fascina, pues me permite ver todo sin ser visto. Así fue como presagié el desastre. Vi a la muerte acercándose sigilosa y sentí la suavidad con la que me tocó. Apenas me dio tiempo para mirarla a los ojos.

            -Me queda claro lo que esperas de un hombre –respondí, interrumpiendo su avance atropellado. Sabía que ella estaba desesperada por llevar la guerra al siguiente plano, ya sea torciéndome o esperando a que yo domara su instinto devorador. –Mira, aclaremos algo. Ni soy ni seré el hombre de tus sueños. No voy a complacer tus caprichos, pero puedo acompañarte mientras abres los ojos, y estoy dispuesto a meterme por ti en el infierno, pero no me quedaré allí por ningún motivo.

            Se paralizó.

            -¿Lo dices en serio?

            -Muy en serio –aclaré, mirándola fijo.

            No se enojen… Le dije lo que quería oír. En tal caso yo nada más estaba haciendo entretenido el momento. Mis amigos aun no estaban preparados y faltaban veintidós minutos para nuestro próximo acto. Nos habíamos tomado un café en la terraza de un restaurante del centro, en Gante y Madero. Nuestra próxima función estaba rodando y como siempre, esperábamos que todo saliera perfecto. Por supuesto que Patricia no sabía nada de este asunto. Ella era, como se describió a sí misma en aquella conversación: “Una reina al mil por ciento”.

            Estaba lleno. Teníamos dos meseros atendiéndonos porque Paty es de por sí, lo que se puede denominar como “una atracción”. Seguro que todos aquellos hombres atentos, que nos trajeron café, jamón serrano, queso, tequila, cuchicheaban a acerca de cómo este “Guey”, siendo un escuálido flacucho obviamente diez años mayor, podía tener cautivo a aquél “hembrón”. Yo me regocijaba con eso, aunque fuera sólo un juego, una distracción.

            Así que, hace dos noches, ella aceptó mi invitación mientras le besaba el cuello, alzando sus largos cabellos negros enchinados entre los dedos, y con mi otra mano trepándole por uno de sus muslos: “Mira, serás muy ruda, pero el hombre que buscas no te va hacer sentir ni un quinto de lo que te voy a hacer sentir yo. Te voy a morder el corazón”. Tenía los pezones erizados cuando deslicé mi pulgar sobre ellos. Decidimos espontáneamente ir a mi departamento y nos pasamos la noche completa, atrapados por el deseo. A la mañana siguiente despertó susurrándome palabras de amor, así que volvimos a hacerlo.

            Pero ahora estábamos ahí, y mientras pagaba la cuenta, ella volvía a intentar poner la carreta delante de los caballos.

            -Me gustaría tener un hijo para verlo crecer –dijo, y en enseguida revisó mis gestos, intentando detectar cualquier titubeo.

            No contesté. Tomé el cambio y la ayudé a pararse presentándole mi brazo. La terraza del restaurante se paralizó por unos momentos. Sus delgados zapatos de tacón negros la hacían ver no sólo más alta que yo, sino con el glamour de una actriz camino del estrellato.

En los siguientes quince minutos caminaríamos hacia el palacio de Bellas Artes, entraríamos a la entrega de los premios Ariel, pasando como productores de un film nominado en la categoría de “mejor guión”, y soltaríamos las “gomibolas”. Luego iríamos al punto de encuentro y veríamos las consecuencias por televisión.

Pablo se acreditó como periodista, Cristy en la seguridad exterior, y Ayelet como asistente de dirección de un documental. Lo habíamos planeado durante seis meses y cada quién había resuelto su papel en el desarrollo del “acto”.

En el momento en que llegan sus confirmaciones estamos entrando. Mi hermosa acompañante siente que le aprieta un zapato, mostrando su pierna perfecta asomarse por del tajo del vestido rojo. Los gordos de esmoquin que confirman nuestros datos, quedan con ardor de ojos. A uno de ellos lo miro retador, como diciendo: “¡Qué es lo que estás mirando tanto!”. Ella se eleva de nuevo. Me besa y sonríe. Entramos como muchos de los que están allí, aparentando que tenemos controlada la situación.

Estamos listos. Les doy el “Ok” para comenzar el “acto”. Dejamos caer las ampolletas como canicas por el suelo con el somnífero, cada quien en su sector. A los dos minutos algunos de los asistentes ya comienzan a tambalear. Sin más, le sugiero a Paty que tome el medicamento que le ofrezco, para contrarrestar el efecto, pero las cosas no salen como planeo.

Ella dice que no, qué le explique lo qué está pasando, y quiere que corramos a la salida. Así que la ayudo a atravesar la multitud de gente mareada que ya entró en pánico. Pero un guardia, un militar vestido como boina verde del ejército, que también está desconcertado por el griterío, nos ve. Voy de la mano con Paty. Es su ex marido. Él la detiene y le grita. Está celoso. La insulta. Ella se suelta y le responde con un corte de manga. Luego se cuelga de mí, así que yo camino decidido hacia el punto de encuentro que habíamos estipulado con el resto del equipo.

Pero el militar, un “energúmeno al mil por ciento”, dijera Paty, mareado por el efecto del fármaco, saca su arma. Escucho el disparo e instantáneamente siento una quemada muy fuerte en la espalda, que me produce un intenso dolor de coxis y un fuerte ardor en la toda la parte baja de la espalda. Aun así sigo caminando hasta que Pablo me recoge en la avenida. Ya perdí la fuerza, no soy capaz de sostenerme parado. Me sube arrastrándome a su Van. Ni supe en donde se quedó Paty, pero sí que el militar me hirió.

Así que estoy sintiendo como si tuviera un cuchillo clavado, pero al mismo tiempo estoy feliz porque puedo volar. Tengo la absoluta certeza de que estoy levitando. Incluso puedo ver a los doctores. Aparentemente dos, pues parecen fantasmas. Y escuchar sus voces líquidas, gorgoteando, aunque no puedo entender su conversación. Percibo la forma en que me veo cuando soy el cuerpo, “Kairo”, y también una bruma lúcida, a la que identifico como “mi benefactor”. Los observo a ambos desde lo alto. Esto me produce gracia. Había creído que todo aquello era cierto. No es que me ría en términos reales, pero podría jurar que esa, es la mejor descripción. Me siento bien tranquilo. Estoy fascinado con esta realidad. Estoy volando.

-Lo vamos a operar –escucho.

Yo sonrío. Eso sí lo entiendo, y sé que contesto que está bien, pero no puedo oírme diciéndolo.

-Cuente desde diez hacia atrás –me solicita la voz.

Yo pienso: “¿Qué cuente hacia atrás? ¿Cómo se cuenta hacia atrás?”

Luego me quedo dormido por completo.