El Explorador. 3- Elfo de las abejas

Gustavo Vila.

Mi nombre es Kairo, y ya no tengo tiempo. Soy un hombre transformado en un Elfo de las abejas. Ya no espero nada del mundo. Ante el objeto del deseo, la vida, fluyo con lo que se va creando. Sin luchas, sin lamentos. Sin expectativas. Ni súplicas ni dramas. Vivo en el tiempo de Dios.

Mi benefactor me comunicó este legado, a su manera:

“Vas a decir todo lo que tengas que decir, vas a expresar todos tus miedos, todas tu ansias y expectativas, vas a hablar hasta por los codos, te vas a hastiar de buscarle a la vida una razón. Te vas a quejar, vas a intentar explicarlo todo. Y luego vas a morir de una vez por todas, completo, junto con todo ese veneno interior. Renacerás como el ave más pequeña, y entonces vivirás en paz con el mundo, sin involucrarte, apenas rozándolo.”

Ahora estoy con unos amigos, artistas, callejeros, locos, en una de nuestras charlas en círculo, en dónde cada quien expone algo.

  • Meditar es lo contrario de pensar –Le contesto a Cristy.

Nos hemos conocido en tocadas, performances y espectáculos.

  • ¿Es no pensar? –Pregunta Pablo.
  • Es dejar de describir, de traducir en imágenes o con palabras, y también es estar quietos, sin evitar los sentimientos –Argumento.
  • ¿Como dejar la mente en blanco? –Interviene Ayenet.
  • Se parece más a estar alerta, sin tiempo para pensar, únicamente ahí, con todos los sentidos… -Respondo, pero luego prefiero dejar la conversación. Hacer silencio.

En un punto, el mundo se me hace de plástico. Lo veo totalmente claro. Todo azul… Todo programado. Maquetas con edificios, maquetas con centros comerciales, maquetas con calles, maquetas con gente menos viva que un robot. Una intrincada estructura social que obliga al ser humano a permanecer en un rígido estado de ser.

Me divierten los artistas, los que hacen cine, teatro, danza, espectáculos. No me gustan los burócratas, los administradores del tiempo y de los pensamientos, los jueces del bien y el mal, pero los artistas son simpáticos. El cine puede ser enriquecedor. O una locura obsesiva de pura repetición, un sistema operativo para mantener a la sociedad dentro de los sentimientos aceptados, una especie de programador. Ya hemos pasado décadas frente a algún tipo de pantalla, siguiendo prototipos estúpidos.

Lo que hacemos nosotros son “atentados creativos”, cosas para llamar la atención de este mundo humano, loco, perdido, mecanizado y preso de sus actos compulsivos. Y eso explica nuestra  intromisión. Es algo así como rozar apenas el vector. Darle un leve cambio de rumbo. Algo comparable con tirar una piedra al lago. El vuelo de la misma, el choque, la expansión, la gota que salta, los aros concéntricos que dejan una huella de la piedra, y la desaparición de la misma, que se hunde sin más, a lo profundo. Unos instantes después todo el entorno olvida la intromisión.

Es mi turno en la plática. Les muestro a mis amigos una entrevista que hice encubierto. Obviamente –explico- pasamos inadvertidos en el ataque al festival de cine de Morelia. Nadie del grupo quedó expuesto ni fue visto o fotografiado, fuera de este joven que vio lo que quisimos que viera. Pero no hay nada mejor que ir al lugar de los hechos para confirmar si quedó algún detalle que pudiéramos estar olvidando. Las redes sociales dieron cuenta de todo. Se mofaron del ridículo público y el alboroto, algo que disfrutamos mucho, pero es por demás peligroso, ya que luego surgen “pequeñeces” que pueden hacerse grandes y voltear el conflicto hacia nosotros.

-Yo estaba disfrazado con una peluca de cabello castaño, cejas tupidas y barba de candado. El joven estuvo presente como público en ese, nuestro reciente trabajo. Lo encontré en la lista del directorio de participantes como voluntarios al festival y lo estuvimos monitoreando el día del acto. Un estudiante de cine que salió sorteado para trabajar allí. Le hablé, coordinamos el horario y viajé a verlo para entrevistarlo.

Comencé con el recuento del breve interrogatorio:

-Fue en tres salas del centro, al mismo tiempo. –Dijo el joven, respondiendo a mi simple y abierta indagación: “¿Qué fue lo que pasó?”.

-¿Viste algún movimiento extraño, sospechoso, o te has enterado de algo? –Yo le había dicho que era de un periódico en la Web y le obsequié mi tarjeta, falsa, por supuesto. Lo gravaba con el celular y ya le había tomado algunas fotos.

-Sí, al principio pensé que no era importante, por eso no dije nada a la policía, y la verdad es que después no quise hacerlo. ¡Me pareció un buen asalto! –Comentó emocionado, como si se hubiera divertido o mejor dicho como si estuviera de acuerdo con el atentado.

-¿Quieres decir que te gustó el desmadre que armaron?

-Sí, a muchos de los que estuvimos allí nos gustó. De hecho nos pareció ocurrente. Estábamos en la sala viendo una peli medio chafa, y la bola de gente empezó a llorar, es decir a lagrimear, pero luego, cuando se detuvo la película y comenzó el video que ellos pincharon, ahí estuvo lo chistoso. Así que de pronto nos pusimos a reír como locos mientras que, por algún motivo, estábamos todos llorando. –Sacó un cigarrillo, se lo colocó en la boca y lo encendió. Luego me hizo la seña de si yo quería. Negué con la cabeza. Él continuó.

-Al cortarse por sorpresa la película oficial aparece un vendedor de revistas en el metro, un auténtico vendedor, promocionando una revista entre la pelea pública que se suscitó entre la periodista Carmen Arregui y la ridícula Laura Bustos. ¡De veras que fue gracioso! El cine entero se descostilló de risa con el morro, que era por demás simpático hasta en su vestimenta. Pero aun así seguíamos llorando por el químico lacrimógeno que después nos enteramos que estaba en los posa brazos. Y luego pasan a ese otro, también en el metro, de un payasito con la careta del presidente mexicano vendiendo suvenires con pocitos petroleros de recuerdo. ¡Estuvo bueno!

-¿Y qué fue lo que “no” le contaste a la policía?

El muchacho estaba tenso por algo. Noté que ya quería irse. Era muy delgado, de pelo lacio hasta los hombros. Había en él un aire oriental, quizá por sus ojos rasgados, aunque pensé que su cara, llena de pequeños granos, lo avergonzaba un poco.

-¿Pasa algo? –le pregunté.

-Le digo, no quiero que los agarren, pues… Y si me citan por algo de esto lo niego todo… ¿Eh?

-Ok. Cuéntame a mí, no tenemos por qué hacerlo público. Déjame apagar la grabadora. ¿De qué se trata?

-Había dos voluntarios que salieron del cine cuando yo entré. Nunca los había visto. Él era alto y estaba rapado, tenía aspecto de gringo, de piel muy blanca y ojos claros, como de unos treinta y pico, calculo. Venía con una mujer con el pelo largo recogido, castaño, ojos cafés, muy bonita, veintitantos…, menos de treinta, seguro. Los dos tenían gafetes, por eso nadie los detuvo.

-¿Lo has vuelto a ver?

-No.

-Bien pues si sabes algo más de ellos nos gustaría tener la primicia, ya tienes mi número –insistí.

-Sí señor –respondió.

Nos despedimos.

Me había dado varios datos a tener en cuenta. Primero, que eran dos, una pareja, un hombre y una mujer. Tal vez para la otra podríamos travestirnos o ir en trío. Segundo, que la descripción que él hizo de mí es la de un pelón gringo de ojos claros. Quizá debería cuidar más lo de mi calvicie, usando pelucas o gorros. Y tercero, que el químico ya estaba declarado como “lacrimógeno”, es decir como algo inofensivo, y eso siempre es saludable, que no hubiera nadie afectado.

Aquí terminó mi cuento a los del grupo, pero a la noche, ya en casa, estuve meditando. Al finalizar escribí esto:

“Mi nombre es Kairo, y ya no tengo tiempo. Soy un hombre transformado en Elfo de las abejas. Ya no espero nada del mundo. Ante el objeto del deseo, la vida, fluyo con lo que se va creando. Sin luchas, sin lamentos. Sin expectativas. Ni súplicas ni dramas. Vivo en el tiempo de Dios. Cualquier reacción que tengo, para encontrar satisfacción personal, altera sus planes. Es por eso que, yo solito, sin más coacción que mis propios fracasos, he decidido suspender la acción primaria que genero para complacerme, y alinear así mi reacción a su calma ardiente. Además de darle un sentido a mis actos con su “presencia”, éste me propone ser útil, colocándome en una posición de estratega creativo y operador de sus planes. Por eso a veces me purifico en los recuerdos y me veo a la distancia, para observar la formación de los primeros conceptos y desintegrarlos. Y ahí estoy. Desdeño cada juguete viejo porque ya dejaron de tener sentido. Observo la compulsión original. Ya no me gustan o no suenan como antes y sus colores han dejado de estar vivos. El payasito de goma que hace ruido por el culo ya no me divierte. Así que lo miro y lo aprieto con apatía. Lo veo sin placer. Ahora ya no es un juguete, es una cosa triste que quiero que me divierta, que me haga reír, que me complazca, que me llene del placentero milagro de la carcajada, pero no, está agotado y bobo. Si lo golpeo contra el suelo puedo hacerlo vivir. Eso creo. Si lo tiro lejos, como una pelota, quizá. Pero no. Nada es lo que era. Los muñecos pierden la gracia, como todo en este mundo. Mejor decido dejarlo donde quedó, lejos de mí, en mis recuerdos de niño.

Por eso reafirmo en cada texto mi propósito, dejar de escribir y rozar apenas el mundo. Ser simplemente lo que soy.”

Un comentario sobre “El Explorador. 3- Elfo de las abejas

  1. Escribe un texto como si estuvieras entrevistando a un fantasma o al Rey Fantasma , con las preguntas que le har as y las respuestas , que imaginas, l te dar a.

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