El Explorador. 2- Cuadrado en Redondo

Gustavo Vila.

La diferencia entre la intuición de mi Benefactor y la reacción lógica de mi pensamiento es que, en mi caso, estoy tratando de forzar algo, de encajar algo cuadrado en un agujero redondo. Es por esto que decidí no escribir más; escribir es mi reacción lógica, cuadrado en redondo. Temporalmente tengo la intuición de que mi Benefactor aprueba que lo haga, mientras se diluye tanta obsesión.

En fin. Voy a vuelo de pájaro… Estoy en el segundo acto de hoy, a punto de ejecutar una performance en esta noche de jueves del restaurante étnico “Abrazados”.

De frente al escenario hay una tenue luz amarilla. El rectángulo, de unos seis por cuatro metros, está bordeado por cortinas negras. En esta semi-oscuridad pueden verse en el piso unas tinas circulares unos veinte centímetros de alto y un radio de algo más de medio metro, con agua hasta la mitad.

Se apaga esa vaga claridad ámbar y queda todo oscuro. Ahí despierta un foco blanco que comienza a iluminar desde el zenit como un flash muy veloz, hacia el centro del escenario. Yo estoy allí, desnudo por completo, de pie, dentro de una de las tinas. La luz cae justo sobre mi cráneo, rapado a cero, como una cascada. Mi cuerpo tiene un tono sucio, gris azulado, como si hubiera sido espolvoreado con harina de gis.

Ahora, otro foco similar se enciende desde el frente por encima del público, y me alumbra el rostro y las manos. Es una ametralladora de luz blanca que da una sensación entrecortada. De la cintura hacia abajo esta luz se hace difusa. Miro al público y le hablo sin emitir sonido alguno. Comienza una música sinfónica acompañando mis gestos. Muevo los dedos como acariciando la textura de un rostro delicado, como lo haría un ciego al reconocer a su amada. Pero me desespero. Ahora le pido a ese ser imaginario al que tocaba, que huya, moviendo las manos en señal de prisa. Le incito a que se apure, a que corra más rápido. Se puede leer en mis labios: “¡Más rápidooooo!”. Mis manos se mueven como abanicos sobre las muñecas, mientras que, en el último grito ahogado: (¡Correeee…!), la luz desaparece suavemente hasta apagarse. Regresa la oscuridad.

Ahora se encienden dos focos idénticos, pero de forma angular, desde los dos laterales. Las tinas parecen hojas gigantes flotando en un pantano, como de una especie de planta amazónica. Entonces desde una esquina aparezco, pisando delicadamente el centro de una de ellas y pasando a la de al lado en cámara lenta. De una en una, con movimientos calculados. Recojo agua entre mis manos como si hubiera llegado a un oasis en el desierto y desde lo alto la vierto sobre mi boca y la bebo. Entonces decido acostarme a descansar, desplegado en una mágica posición fetal junto al contorno de una de las tinas del centro. Las luces intermitentes se apagan, dejando el tono ámbar que arroja el pequeño foco frontal. Vuelvo en mí, un sonido extraño me despierta. Me desperezo y pongo de pie. Estoy ansioso, atento a lo que sucede a mi alrededor. Camino en círculos. Siento comezón. Me rasco el cuerpo tratando de limpiar mi piel de algo corrosivo que siento como si me estuviera quemando. Miro hacia el público y me detengo espantado porque escucho un sonido que es cada vez más nítido. Es un ejército que se acerca marcando el paso. Estoy asustado y comienzo por buscar donde esconderme. Al final me pongo de rodillas y señalo hacia la luz ámbar de ese atardecer, suplicando una respuesta. La luz se apaga.

El zenit parpadea nuevamente como relámpagos enloquecidos y me encuentra corriendo velozmente en la misma hoja-tina. Salto con agilidad de una hoja a otra salpicando agua hacia fuera de cada tina en la que caigo. La música sinfónica ahora acompaña a una voz femenina apocalíptica. Los pasos del ejército se hacen fuertes, cercanos. Hay un grito de “Alto”, y se detienen. Por fin llego a la tina más cercana al público y reto al ejército apostado adelante mío a pelear. Con una rodilla en el piso, golpeo el agua histéricamente con los puños cerrados, salpicando incluso a los de las mesas más cercanas. En seguida voy deteniendo progresivamente los movimientos. El ejército no parece temerme. Me pongo de pie. Se escucha como cortan cartucho y apuntan. Estoy vencido. El mundo me ha ganado. No bajo la mirada, no, ¿por qué habría de hacerlo?, sus balas no pueden matar lo que soy. Los disparos ensordecen el lugar y hacen bailar mi cuerpo en su tétrico ritmo. Las luces son rojas y blancas, flashes de sangre y relámpagos. Caigo sin vida dentro de una de las tinas al tiempo en que se detiene el sonido. Se apaga todo y los presentes quedan cubiertos de una fría oscuridad.

Unas setenta personas estallan en un aplauso espontáneo. Se ponen de pie. A los pocos segundos se encienden todas las luces del escenario. Ya estoy parado. Hago un gesto humilde de reconocimiento ante el público bajando mi cabeza un poco.

Yo no era mi pensamiento lógico, mi constante obsesión de hacer encajar lo cuadrado en lo redondo, sino la intuición de mi Benefactor. Siento el reconocimiento en ese aplauso sincero. Me conmueve el efecto, la comunicación, la comprensión, la unión del sentimiento. Lo acepto, y sin miedo ni culpas, giro sobre mis pies y salgo por detrás del escenario.

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