El Explorador. 1- Mi Benefactor

Gustavo Vila.

 Volar es sensacional. Por eso les decía que éste del que estoy prendado tiene su magia…

Ya salgo a la calle, pero les sigo contando durante el vuelo, nomás dejen que ponga las dos trampas para ratones, para que caigan cuando yo no estoy, me paniquéa que haya tantos.

Listo. Ahí voy. Flotando.

No crean que yo sé mucho del arte del vuelo. No. Pero él sí. Lo llamaré mi Benefactor, por sus atenciones conmigo. ¿La verdad? Se porta maravilloso.

Bueno, al parecer todo está bien, pero con tanta cháchara voy retrasado. Entro al trabajo a las doce. Mmm ¿Ya me lavé los dientes? No.

Bueno ahora sí. Lo último. Paso por el Oxxo, le deposito a la casera, y voy en chinga para la parada del camión.

Voy… El cuerpo es una nave. Tengo que permanecer en silencio un rato.  Los árboles del recorrido parecen llamar mucho la atención de mi Benefactor. El ritmo… El caminar… El vuelo… Mi espacio se ha reducido a filmar todo desde la cabeza, detrás de los ojos. Es lo mejor para ambos. Soy un poco loco, como se habrán imaginado.

Nos cruzamos con algunas personas. Atención, en los semáforos. Cuidado, a las bestias que están manejando. Y luego del trayecto, y de ayudar a una anciana por iniciativa de mi Benefactor a cruzar la avenida, frenando a los coches con una seña de mi mano (porque ella no quería atravesarse sin un semáforo y ahí sólo se cruza de puro churro), ya estoy sentado en el camión. Por suerte llegó pronto, y es de los grandes, yo evito los peseros, son un acto de canibalismo urbano.

Silencio. Si me callo crece la atención y todo fluye.

Una flaca arreglada muy bonita está subiendo… La veo pagar y venir hacia el fondo, desnuda… La observo cautivado hasta que me cacha mi Benefactor y voltea la mirada hacia el tráfico… Ya me había excitado.

Mi Benefactor no habla, pero no es ningún tonto. Eso me hace colaborativo, y es que sé que no me presiona a propósito, que tiene claro que soy un fisgón. La verdad es que intuyo que trama algo, pero yo ya no opino… Bueno, opinar si opino, pero no me hace caso. Así que, ¿para qué me entrometo en sus planes si no puedo afectarlo? Respecto al trabajo, parece que está decidido a no dejarlo. Ya lo he tratado de convencer de largarnos de allí, argumentando la inutilidad del oficio, pero no funcionó.

La gente está loca, es obvio a cada paso. Un tipo en bicicleta pasó por adelante nuestro cargando una gran canasta sobre su espalda, llena de pan de dulce, supongo. Un viejito. ¿Cómo se hizo tan viejito y eligió estar ahora cargando panes en bicicleta de esa forma tan enferma, tan peligrosa e incómoda? ¿Tendrá un Benefactor? ¿Irá pensando estupideces como yo?

Bajamos en La condesa, y fuimos en silencio al puesto de cocteles de frutas. ¿Ven? Les digo que es amable. Si fuera por mí, como estoy atrasado siete minutos, iría en chinga para el trabajo, con tal de no recibir bromas, desprecios o regaños. Le valió madres y ahora nos estamos comiendo una frutita y llegando tarde. Plátanos con manzana y guayaba, con granola y miel. Delicioso.

Esa señora gruesa y bajita que viene de frente, trae un vestido que parece de hierro. Como un gran escudo romano. Sobrepintada, sobre peinada, sobre gorda… ¿Qué se sentirá ser esa mujer?

            Ejecutamos nuestro acto.

Es muy largo de contar. Y aburrido. El mundo es aburrido, si lo contamos. Por eso ya no escribo. Me estoy dando un último placer. Pero, ¿quién sabe…? La verdad es que es más agradable permanecer en silencio viendo lo que va tramando mi Benefactor. Desconfío un poco, sí, no puedo negarlo, es tan apacible que me pone nervioso.

            Ya estamos fuera. Pasamos por un breve viaje en el metro. Compré cacahuates, son mi vicio. Entré al edificio a donde me suele traer. Uno que se mueve al ritmo de los tráileres de carga que pasan por el periférico. Increíblemente todos los que vamos allí estamos conformes con el movimiento de la edificación, en lugar de sentir temor a los terremotos. Parece palpitar. Tener ritmo. Y esa sensación de vida propia es la que nos tranquiliza. Algo muy extraño que no espero que crean, por supuesto.

  • ¡Cairo! -Me dijo Beatriz, una joven de unos veintiocho, ojos grandes, redondos, de pelo castaño y enchinado. Tierna, delicada, suave como el algodón. Se colocó delante de mis ojos. Al parecer está desesperada. Ante esa situación tengo que ceder el control. Mi Benefactor aborda estos asuntos.
  • ¿Qué pasó, Beatriz? –le pregunté, condescendiente.
  • ¿Estás ocupado? Tengo que hablar con alguien o voy a encerrarme en el baño.
  • No, vamos a la terraza y hablemos, el baño no es un buen sitio.

            Los demás están charlando o esperando, haciendo tiempo, matándolo. Una cantidad importante de bipolares, esquizos, depres, nerviosos compulsivos, etc… Todos sonriendo.

Si, en las terapias los locos son más divertidos.

  • ¿Qué pasó, Beatriz? –repito, ya estando sentados en unas reposeras, con el D.F. a nuestros pies.
  • No puedo más, los días pasan muy rápido, mi novio me dejó anclada y yo no puedo dejar de pensar. Soy una muñeca rota. En casa las arañas tienen más actividad que yo. No quiero crecer, ni levantarme de la cama, y eso es a diario. Es igual vivir que no hacerlo. Le he dicho a Dios que me saque de esta depresión, pero por algún motivo parece escuchar a todo el mundo, pero a mí no.

Se detuvo un poco. Ahora está en silencio. Los ojos rojos, un mar abierto… Llora, llora mucho… Mucho… Es lindo llorar así. Yo solía llorar de ese modo.

  • Odio tener que hacer todo lo que hago. No encuentro una salida y ya no lo soporto. Lo que más me molesta es la sensación de no tener ganas. Es preferir dormirme. Para siempre. Ya no despertar. Morir sin dolor.

Yo me asomé en la conversación, pero era mi Benefactor con quien ella conversaba, así que volví a permanecer en silencio, mirando detrás de nuestros ojos.

  • No tienes que hacer nada –Dije. – Acabas de vaciar el miedo. Observa en silencio lo que ha quedado. La locura se hace locura si le damos crédito a los pensamientos. No son necesarios. No tienes que hacer nada. –Mi Benefactor no dejó que yo soltara la sopa, porque siempre quiero entrometerme, ofrecer mi opinión.

Al fin me mandó una idea con la que sí puedo lidiar.

  • Al salir del metro había un hombre sentado -dije-, vestía ropa vieja y sucia. Un tipo de unos cincuenta años. llevaba un sobrero de ala ancha y la barba estaba crecida, mal cortada. Olía a orines. Él gritaba a los transeúntes, alzando una lata para recibir las monedas: “Dios nos ama a todos por igual y no a unos más que a otros”. Ese señor ya no tiene la oportunidad que tienes tú, él ya compró todos los boletos y está empeñado, o vendido, que es lo mismo. No le compres esos pensamientos a tu mente. Deja que se llene y vacíala, como ahora… No pagues con tu vida por sus cuentos de terror. ¡Mírate! Tienes un cuerpo sano y la vida vibra por todos lados…

Ella está sobrecogida. Ojos muy abiertos. Yo veo toda la escena, pero no puedo decir nada. Es como si mi participación sólo fuera de espectador. El que habla, básicamente, es mi Benefactor.

  • Aprende a vivir con esa voz…

Beatriz suspiró. Pareció entender algo. Yo no supe bien. Creo que captó la idea.

Le di la mano y bajamos conversando. Ya se sentía mejor.

Metro.

Pesero.

Doce treinta de la madrugada. Llego a casa. Hay un ratón en una de las trampas de mi casa. Me siento triste por él, pero feliz porque Beatriz tuvo unos instantes de liberación.