El desierto y el mar

Denisse Castaños.

Sonriamos y pretendamos estar en paz con el desierto que nos consume día a día. Engaña, te quema los ojos y la piel, te presenta un oasis que al principio todo te lo da, pero al final te entierra en una gigantesca tormenta de arena arrastrando hasta la última parte de ti y cuando logra hacerte desaparecer simplemente se desvanece y vuelve a estar tranquilo.

No duerme hasta no eliminar a alguien, su naturaleza no le permite tener descanso alguno y con codicia y soberbia no puede regresar a ver al mar a quien una vez amó y respetó, prefiere dejarse consumir con su dolor y no pedir ayuda. Es egoísta.

Sufre día y noche recordando lo que solía ser: “Un ser amado”. Vive llorando de noche, cuando nadie lo ve y agrede de día cuando todos están despiertos para aparentar una fortaleza que día a día ha ido convirtiéndose en dureza de corazón. Perdió la capacidad de amar porque no pudo mantener su promesa; la vida nunca lo trató mal porque fue bendecido por el universo, su existencia fue celebrada con la primer canción que se escuchó en el planeta.

La música lo elogiaba, estaba destinado a triunfar pero prefirió la confusión y terminó entregándose a la venganza cuando nadie quiso hacerle daño, pues todos lo respetaban. Tenía amigos y familia que al final fueron dejados atrás por él y aún al ver el llanto de su madre no quiso desistir. Dejó perder su mente y corazón y su alma fue lentamente corrompida por el odio. Su verdadera naturaleza se descompuso y su corazón se pudrió.

Todos recordaron su fatal desenlace y el mar dio a luz a la lluvia, por primera vez lloró. Sintió culpa, por su naturaleza libre y por no haber llegado a tiempo para él; porque cuando quiso explicar no le fue otorgado el derecho. Nunca fue su intención llegar después de la fecha establecida y el desierto no tuvo paciencia, dos siglos después de su separación y cuando ya el desierto era conocido por su crueldad, se reencontraron.

El mar, al instante recordó los días en que solían reír juntos hasta que la luz de la luna les alumbrara. Recordó desde el día en que se conocieron hasta el incidente que los separó por completo y que como resultado dio la corrupción innecesaria de un alma.

Pero el desierto no sintió nada, puesto que todo el amor que había en su corazón se había convertido en odio, estuvieron frente a frente y el desierto arrojó 200 cráneos huecos delante de ella y con un tono de frialdad y una mirada vacía le dijo al mar: “Un cráneo por cada año que recordé tu abandono, hoy estoy libre de tu sombra. La próxima vez que te encuentre, no tendré piedad de ti”.

Después de decir eso se alejó de ella y desapareció. Comenzó a llover, la primera vez desde hace dos siglos; era el mar quien lloraba de nuevo y en ese momento entendió todo lo que había pasado y dijo: “Desgraciadamente sé que no volverá a mí la hora en que te pueda declarar todo. No te puedo ayudar. Sigue tu camino y encuentra la verdad en los ojos de otro amanecer; estoy feliz de haberte conocido, aunque eso significó llorar, al final dejé que me hicieras más fuerte”.

“Si vienes por mi vida, con gusto pelearé por ella y desde ahora te digo… Tú serás quien muera en mis manos”.

Desde ese entonces ni el mar, ni el desierto perdonan a quien descuidadamente se acerca a ellos. Preparan su próximo encuentro y no demostrarán piedad alguna.

Sonriamos y pretendamos también estar en paz con el mar; que si le damos la oportunidad consume hasta nuestro último aliento de vida. Seduce, confunde y te arrastra hasta que ves tu vida abandonar tu cuerpo y si tienes suerte te deja morir en una isla desierta y cuando logra hacerte desaparecer simplemente cesa la tormenta y vuelve a estar tranquila.

Ninguno de los dos tendrá paz hasta que uno de ellos muera en manos del otro ¿No sería interesante ver qué final les espera?

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