Apatía gay

Leonardo Vargas.

 

A Quique y a mí nos subieron a una patrulla de la policía municipal de Acapulco (ahora en paro laboral) por estar afuera de un Oxxo. Mi compañero había tirado un bote de cerveza a la basura que desbordaba del cesto rodeado por varios envases.
Insistí al uniformado que las botellas tiradas fuera del depósito no eran nuestras. No escucharon, ni les interesó.

¡Súbete por las buenas gordo o te cargo y te aviento como cuche!, dijo un policía obeso, irónicamente.

Al abordar a la caja trasera de la camioneta sentía sobre nosotros las miradas juiciosas de los transeúntes.
La unidad azul dio vuelta en la calle del Prado que conduce hacia la Costera vieja, aquella que los turisteros usan como referencia (de los caducados tiempos) de un puerto reconocido por su vida glamurosa. A toda velocidad circuló por la angosta calle, quizá por temor a una balacera –pues la situación violenta se volvió cotidiana–, además era de dominio público que en esa zona había puntos de venta de sustancias ilegales.
Paramos en la parte trasera del Centro Internacional de Convenciones, justo dónde las luminarias públicas no funcionan, sitio ideal que sirve como nido para la ilegalidad e impunidad.

A ver, ustedes estaban bebiendo en vía pública y eso está sancionado, señaló nuevamente el azul gordo.

Repetí que yo no había bebido; Quique iba algo pedón porque en casa de un amigo se había echado unas frías. El detalle es que si nos llevaban a barandilla “habría más pedos”, nos dijeron. Cuatro policías viajaban atrás, dos más en la parte delantera, incluido el chófer.

Ustedes son… homosexuales…

No teníamos por qué responder ese cuestionamiento; aunque optamos por decir la verdad, sí.

¡A mi háblenme…!, tartamudo y agresivo dijo el vulgar viejo uniformado.

El chófer –vía radio– se comunicó a alguna base mencionando números, códigos de esa corporación para “no delatar detalles”. Fue obvio que estaba consultando qué generaría más remuneración. Caí en pánico. Su necesidad por saber nuestras preferencias sexuales me llevaron a pensar que podrían golpearnos. Tras varios minutos de escuchar diálogos en números, afloró lo que caracteriza a la autoridad en México: corrupción.

¿Cuánto traen?

Les di 250 pesos, la mitad de lo que tenía para pagar mi consulta con el otorrinolaringólogo. Quique sólo aflojó 50, porque, según él, lo demás lo guardaba dentro de sus zapatos.
Nos liberaron. Entre algunas lágrimas por el susto y la rabia de pagar la mordida, hubo algo que se me irritó aún más: en ese instante sonó el celular, era Andrew preguntando dónde estábamos; “¡Voy a llorar!”, dijo; irónicamente estábamos fuera del Oxxo esperando que él comprara su bebida para llevar.
¿Por qué me irritó más?, porque no le agobió el daño que pudieron habernos hecho. Se fue al Demas (famoso antro gay de la ciudad), para “aliviar la tensión del momento” que ni padeció.
Mi indignación fue porque que violaron nuestros derechos humanos. En mi caso, la primera vez.

La homosexualidad es apática a estar informada sobre temas que consideran como hechos aparte. Sólo se limitan a “su comunidad”.

Por el aturdimiento y desorden emocional entré al Demas. Otros conocidos estaban ahí, les platiqué el suceso, y con indiferencia prefirieron aplicarse brillo labial, pues para ellos es realmente trágico no ganar un ligue.
Qué más da si nos quitaron el dinero, si por un momento pudimos ser víctimas de un crimen de odio cometido por la misma autoridad. Sentí que de haber ocurrido eso, para todos los que supieron de esa situación, habría sido un caso más, porque en alguna forma oscura creen que los homosexuales se lo merecen ¡Por putos!
Las marchas del “orgullo homosexual” sirven como carnaval, no está mal si fueran honestos y precisaran que de eso se trata. Exigir respeto es universal, el término “comunidad gay” fomenta el divisionismo; peor aún, he leído a algunos pretendiendo llegar a una regiduría en el municipio para trabajar en pro -otra vez- de “su comunidad”.

Lo más nauseabundo que he leído de varios homosexuales fueron calificativos de “vagos y revoltosos” para quienes han marchado para exigir justicia por la tragedia ocurrida a los estudiantes de Ayotzinapa.

¿Cómo se atreven a decirse vulnerados en sus derechos; si no tienen la humildad para solidarizarse con quienes no tienen sus mismas preferencias?…

Esta anécdota la guardé, y desde ese momento rechacé ser parte de algo sectario.

Todos somos humanos, parte de la misma sociedad.
Somos ciudadanos, no importa el órgano sexual que nos guste.

One thought on “Apatía gay

  1. Los efectos del discurso fueron de amplio alcance y genero de nuevo una controversia en la comunidad gay, discutiendo la vision moral de Kramer del impulso y la autoestima de la comunidad que ama, pero que continua desilusionandole.

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