Acuérdate de Acapulco

América Nicte-Ha.

“Te dije muchas palabras de esas bonitas,

Con que se arrullan los corazones,

Pidiendo que me quisieras,

Que convirtieras en realidades mis ilusiones”.

 

– María Bonita, Agustín Lara.

Acapulco fue -por casi un decalustro- conocida como la ciudad que nunca duerme, y la Santa Lucía como la bahía más bella del mundo. Durante estos años, el puerto saboreó las mieles de ser el destino favorito -para vacacionar o residir- del jet set hollywoodense, entre la lista figuran estrellas de la talla de Elizabeth Taylor, Johnny Weissmuller, Frank Sinatra o Elvis Presley, jerarcas árabes -incluido el último Sha de Persia, Mohammad Reza Pahlevi-, la clase política y socialité mexicana y luminarias internacionales como Michael Jackson o Donna Summer.

Michael Jackson en Acapulco. Fotografía: fanpop.com

Ya entrada la década de los 80, el puerto sirvió de escenario para eventos (desde los más renombrados hasta los más banales) como la exposición del Auto increíble (KITT) en el Centro Internacional de Convenciones –considerado en sus inicios como el recinto de eventos más moderno y funcional de América Latina- o la fastuosa inauguración del restaurante Planet Hollywood, a cargo de sus flamantes anfitriones Sylvester Stallone, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger, y el “Brody” Jorge Campos como invitado especial. Así pues, Acapulco gozó de gran proyección nacional e internacional y por ende, de bonanza económica que también benefició al estado y al país.

Inevitablemente todo lo que comienza también tiene un final. En este caso, la miel hollywoodense e internacional se le acabó a las hojuelas acapulqueñas. El cambio de las inversiones –tanto del gobierno federal como de la iniciativa privada- a otros destinos turísticos como la Riviera Maya, fue uno de los factores que inició -desde hace dos décadas- el declive del puerto como uno de los principales destinos turísticos nacionales e internacionales, lo que a su vez desató una profunda crisis social, política y económica que se recrudeció en el 2006 con la famosa guerra contra el narcotráfico durante el mandato de Felipe Calderón Hinojosa. A pesar de que Acapulco es ahora la tercera ciudad más peligrosa del mundo, la más peligrosa de México y se encuentra en quiebra financiera, mientras que Guerrero es el principal productor de opio, tiene el mayor número de homicidios y es uno de los estados más pobres de México, lxs acapulqueñxs siguen pensando que viven en la ciudad que nunca duerme; aunque ahora sería por los asesinatos, secuestros, levantones, extorsiones y demás fechorías que se llevan a cabo tanto en las madrugadas como cínicamente a plena luz del día.

La reacción de apatía, egoísmo y desinterés de lxs acapulqueñxs ante la situación de convulsión social, política y económica, me ha dejado atónita, frustrada y decepcionada. Es cierto que el sustento de la mayoría de las familias porteñas proviene principalmente del turismo. Ergo, desean mantener cierta estabilidad –que por cierto está prendida con pinzas-, para no perder los pocos ingresos que aún pueden percibir. Por tanto, el resultado de este cocktail –crisis económica, crisis de credibilidad política, inseguridad y altos niveles de violencia más una sociedad indiferente- es desalentador. En lugar de que la población se proponga mejorar las condiciones del puerto -tanto de infraestructura como de atención al cliente, ética profesional, calidad en la prestación de servicios, conciencia social y responsabilidad ciudadana- para atraer ya no solo a turismo del Distrito Federal, sino al nacional e internacional, se han inmerso en la negación, en la burbuja del recuerdo, la añoranza de aquellos viejos tiempos de la llamada época dorada pero sobre todo, lxs acapulqueñxs se han convertido en enemigos (declarados públicamente) de las protestas sociales.

La Sirena (Gorda) costeña, sin cabeza. Fotografía: abcblogs.abc.es

Esta posición se refleja en la reacción de la sociedad acapulqueña respecto al caso Ayotzinapa y los subsecuentes eventos que se han ido desencadenando, pues directamente señalaron a las marchas de apoyo a los estudiantes como la razón de la falta de turismo e inestabilidad social, económica y política es decir, encontraron el chivo expiatorio de todos los males del puerto. Seamos sinceros y honestos, la fotografía de Acapulco con Ayotzinapa o sin Ayotzinapa sería la misma; secuestros, levantones, cobro de cuotas, hoteles decadentes -con infraestructura que hiede a humedad, pintura descarapelada, mobiliario antiguo-, avenidas sin semáforos, huelgas de la policía de tránsito, prestadores de servicios al pendiente de ver cómo se aprovechan del poco turismo que llega, servicios de transporte que parecen discotecas andantes, una administración pública deficiente, funcionarios corruptos, calles infestadas de baches y basura, edificios mal graffiteados situados sobre la costera que están a punto de caerse, incluso, estatuas de decapitadas, que han sido víctimas de los amantes de lo ajeno.

Después de haber leído durante la semana pasada una serie de noticias como el caso de los 60 cuerpos abandonados en el crematorio de Llano Largo, la detención de Carlos Mateo Aguirre Rivero y Luis Ángel Aguirre Pérez –hermano y sobrino del gobernador con licencia Ángel Aguirre Rivero–, así como miembros de la familia Hughes -los hermanos Paul Ignacio, Mauricio Francisco, Alejandro Carlos, Víctor Felipe y Jorge Eduardo Hughes Acosta, Henry Paul y Víctor Ignacio Hughes Alcocer- por fraude, desvió de fondos, corrupción y peculado, el cruel asesinato de la activista Norma Angélica Bruno -integrante del comité Familiares de los Otros Desaparecidos que buscan voluntariamente a familiares desaparecidos en fosas clandestinas descubiertas en Iguala, y la ejecución de cuatro personas –incluida una mujer- el sábado 15 de febrero en Acapulco, me pregunté; ¿Por fin la sociedad acapulqueña moverá un dedo?

Carlos Mateo Aguirre Rivero. Fotografía: PGR

Debo de admitir que esta vez lxs acapulqueñxs me sorprendieron, pues su reacción ante esta jornada de noticias no resultó la que me esperaba. La noticia del desvío de fondos, más allá de causar indignación o comprender todo el turbio entramado que arrastra detrás, se convirtió simplemente en la comidilla del momento de la escueta y también decadente “socialité acapulqueña”, mientras que las noticias de los cuerpos abandonados en el crematorio, el asesinato de la activista, y la ejecución de las cuatro personas, pasaron casi desapercibidas (esto si era de esperarse). Tal parece que nos quejamos de un sistema corrupto, impune, cínico e indolente, y no nos hemos dado cuenta que éste ha sido y sigue siendo perpetrado desde la misma sociedad.

Veo a los acapulqueños, me incluyo, como si fuéramos de esas pequeñas figuras de plomo que ponen en las ferias, en donde los tiradores -gobierno, narco, empresarios, oligarquía- no hacen más que apuntarnos directito y sin fallo, mientras nosotros estamos pegados a la banda que da vueltas y vueltas recorriendo el mismo escenario una y otra vez, sin movernos, sin defendernos, sin contestar, solo recibiendo los tiros. Vaya, ni siquiera bajamos o movemos el cuerpo un centímetro para esquivar. En respuesta, nos lamentamos, agachamos la cabeza, dirigimos nuestra mirada a otro lado, nos escandalizamos y condenamos situaciones que pasan en otros países o estados –lo cual es positivo pues la solidaridad es un valor que se está perdiendo, pero también es urgente atender lo propio-; lejos estamos de planear y organizarnos en un sistema de comunidad para sobrevivir dignamente. Por supuesto que existen los que lo están aportando un grano de arena al bienestar social, pero aún son minoría.

Hace unos días leí un artículo del escritor e investigador en Cooperación y Desarrollo Internacional, Jonathan Glennie, que se titula La cosa más triste del mundo no es la pobreza; es la perdida de la dignidad humana. Glennie afirma que algunas veces los más pobres son los más dignos, y algunos de los más ricos carecen de dignidad. Entonces, en un mundo de pobreza e injusticia ¿quiénes son los indignos?, ¿los pobres o los ricos?, ¿las víctimas de la violencia o los perpetradores de violencia?, ¿los que se dejan corromper o el corrupto?, ¿el gobierno o los gobernados que no le dicen nada?

Me he preguntado una y otra vez ¿Qué pasa con los acapulqueñxs que estando hasta el límite aún siguen aguantando?, ¿cuál es el motivo de la apatía?, ¿por qué no podemos sacrificar nuestra comodidad a corto plazo por una a largo plazo? Hace un par de semanas algunas personas que gozan de buena posición social y económica en Acapulco, exigían poner un alto a las protestas sociales; de lo contrario –afirmaron-, la economía del puerto se vería afectada. He aquí pues, un claro ejemplo de la indiferencia de lxs acapulqueñxs. Le pusieron atención a la colapsada y moribunda economía porteña hasta que sus intereses se vieron amenazados. Si la dinámica va a ser como esta –alzar la voz a conveniencia-, me surge una nueva inquietud que he logrado transformar en la siguiente interrogante: ¿Tendremos que esperar a que el poder otorgado por el pueblo a sus gobernantes sobrepase los límites y lleguemos al extremo?

El activista, poeta, ensayista y novelista Javier Sicilia, en su artículo titulado La gratuidad del mal, sostiene que los criminales actúan y piensan con la siguiente lógica: “Te secuestro, te torturo, te vendo, te asesino porque quiero y puedo, porque tengo el poder de hacerlo”. Yo le agregaría: “porque me lo permites”. Entonces, -regresando a la reflexión de Jonathan Glennie- ¿quiénes son los que están perdiendo la dignidad, el sistema corrupto o la sociedad acapulqueña?

Paisano, Acuérdate de Acapulco que tanto nos ha dado.

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